ENTRADA 41: Smith mueve ficha. Pánico a contrarreloj.

ENTRADA 41: Smith mueve ficha. Pánico a contrarreloj.

 

Una mañana de finales de  junio de 2008 alguien realiza una llamada desde algún tipo de instalaciones científico-militares  que no aparecen en los mapas.

 

- Ya sabe los peligros a los que me expongo al contactar con ustedes de este modo.- Dice un hombre joven con tono preocupado.

 

-Lo sé, pero comprenderá que una operación de esta envergadura debe planificarse al detalle, una vez iniciada nada puede salir mal, o de lo contrario estaríamos ante un incidente diplomático de proporciones bíblicas.- Contesta su interlocutor a miles de kilómetros de distancia

 

-Yo pensaba que ustedes no cometían erres.

 

-Estas cosas no son tan sencillas como en las películas. ¿Sigue su viaje a Pequín programado para el mes que viene?- Pregunta su interlocutor con perfecto inglés americano.

 

-Sí, podré acudir al punto de encuentro, pero de todos modos nunca viajo sin vigilancia, sabe que soy demasiado… necesario.

 

-No se preocupe, usted aguante hasta el día señalado.

 

-Sólo espero que no hagamos tarde, el proyecto está casi finalizado, no se si podré  entretenerles durante mucho más tiempo, creo que tienen planeado su uso a escala militar, es demasiado peligroso.

 

-Inteligencia está pendiente de todos sus pasos, no se preocupe, consíganos un poco de tiempo y pronto le sacaremos de allí señor Smith.

 

20 de junio de 2008, instalaciones del desierto de Gobi, China.

……………………………………………………………………………………………………

 

 

 

Mientras Capoira, Estela y los demás atravesaban los túneles en dirección a la casa de su nuevo amigo, Carlos, Llovet y Juanky apuntalan a contrarreloj una puerta de madera rojiza en un intento desesperado por mantenerse con vida.

 

 

Habían escapado de la carnicería desatada en el polideportivo municipal. Había sido una masacre, cientos de personas hacinadas en un campamento improvisado, y antes de que se dieran cuenta, la infección se coló de lleno intramuros. Se les fue completamente de las manos.

 

Los supervivientes que escaparon de la brutal sangría corrieron en todas direcciones. Los tres amigos no fueron una excepción y consiguieron colarse en un patio un par de calles más abajo. Una vez dentro y relativamente a salvo del caos exterior, pidieron ayuda puerta por puerta a lo largo de toda la finca.

Nadie quiso abrirles. La mayoría ni se dignaron a contestar a los gritos de socorro de los jóvenes. Muchos pisos llevaban horas o días vacíos en un intento desesperado por parte de sus dueños de conseguir escapar.

 

A grandes males grandes remedios. Desprotegidos y sin ayuda ni cobijo, localizaron una vivienda aparentemente vacía, lograron entrar reventando la puerta a patadas y golpeándola con un extintor a modo de ariete improvisado. Naturalmente nadie iba a detenerlos por allanamiento, ni por escándalo público ni nada de lo que se consideraba legal unos días atrás.

Los soldados que aún quedaban con vida, bastante tenían con velar por su propia piel como para hacer cumplir las normal en cuestiones que de repente se habían convertido en habituales. La ley del más fuerte se había extendido como la pólvora.

 

Después de proporcionarse un refugio y bloquear la maltrecha puerta de entrada, saquearon algo de comida de los estantes de la cocina.  El bombardeo les cogió tan por sorpresa como a los pocos supervivientes que aún quedaban en Finestrat. Los que no habían huido o estaban muertos o se habían convertido en una legión de seres de pesadilla. Mutilados. Sanguinolentos.

 

Las pesadas bombas cayeron de forma dispersa, repartiendo destrucción aleatoriamente en el entramado de calles y edificios. Extrañados por el estruendo repentino que escucharon se lanzaron hacia la ventana para ver lo que ocurría. No llegaron a  asomarse, un cañonazo como salido del mismo infierno hizo estallar en mil pedazos todos los cristales de la calle.

 

Cayeron al suelo asustados y aturdidos por la onda expansiva, con los ojos cerrados por las punzadas de los vidrios y la polvareda que se había levantado. Apenas fueron capaces de ver como se movían las lámparas, como se caían los libros de las estanterías, como se desprendía parte de la fachada y se precipitaba al vacío, directamente sobre un par de coches que aún esperaban dormidos la vuelta de sus dueños.

 

Tuvieron suerte. Muchas otras construcciones, alcanzadas de lleno por las explosiones, colapsaron sobre sí mismas y se derrumbaron como simples castillos hechos con cartas, sepultando entre su estructura de hierros retorcidos cualquier ser humano o no humano que estuviera dentro.

 

Pero el ataque también dejó a muchos infectados de una pieza, si bien es cierto que redujo su número, también decrementó el de supervivientes a los que acosar. En ese momento, aún aturdidos, cubiertos de polvo y llenos de rasguños se asomaron para tomar conciencia de lo que había ocurrido. Fue entonces cuando una de esas cosas, que permanecía inmóvil de pie en medio de la calle, se giró hacia ellos y miró hacia arriba. Directamente a su ventana.

 

Se dieron cuenta demasiado tarde, de algún modo, o tal vez por alguna remota casualidad, se había girado justo hacia donde los tres amigos contemplaban un paisaje urbano digno de película bélica, de las que no reparan en gastos.

Como atraída por un imán o por un influjo misterioso corrió hacia la entrada del edificio. Sorteó los cascotes y los coches. Arremetió contra la puerta del patio. El escándalo era como un reclamo en el profundo silencio que reinaba tras ataque aéreo. En cuestión de minutos, una docena de criaturas de diferentes sexos y edades subían aullando escaleras arriba. Directas a por su comida, pero los tres amigos aún estaban dispuestos a seguir peleando por sus vidas.  

ENTRADA 40: Vivir juntos o Morir solos III

ENTRADA 40: Vivir juntos o Morir solos III

 

 

55 horas después:

 

El desánimo se ha apoderado de nuestros corazones y cualquier esperanza de salir de aquí es ahora una ilusión insensata. Coletilla está muy herido, tiene una pierna rota.

 

Todo ha pasado mientras intentábamos desescombrar la entrada. Habíamos conseguido apartar muchos cascotes y estábamos ya cerca de la trampilla de madera, al final de la escalera. De repente algo de lo que había bloqueando las rocas se partió y dejó caer un nuevo alud de ladrillos y vigas rotas escaleras abajo. Coletilla estaba en la trayectoria, bajando con un puñado de piedras entre las manos, luchando a oscuras por sacarnos de aquí.

 

Lleva horas aguantando el dolor. Nos da mucha pena, pero no sabemos como ayudarle. La italiana gordita parece tener cierta idea de primeros auxilios y le ha lavado los cortes de la pierna con un trapo y un poco del agua que nos queda, también ha echado vino a la mezcla, supongo que el alcohol… quizás ayude.

 

 

 

70 horas después:

 

Llevamos tres días aquí metidos. Coletilla ha dejado de gimotear hace unas horas, parece que está inconsciente, eso es demasiado dolor para cualquiera. La pierna se le ha hinchado mucho a la altura de la tibia, unos pocos centímetros por debajo de la rodilla y tiene varios cortes feos.

 

Si no lo sacamos de aquí morirá, y nosotros poco después… no se lo que haremos  ahí afuera, si están esas cosas será imposible movernos con él a cuestas sin que nos cojan.

 

71 horas después:

 

Joder, esto es horrible, hace años que me considero no creyente. Me avergüenza a mi mismo encontrarme ahora pidiendo ayuda  a un hipotético Dios. Maldita sea, esto no es propio de mi, no puedo quedarme  tirado en el suelo intentando disimular las lágrimas en un rincón. Tengo que cavar, aunque me caiga encima el resto de la iglesia.

 

74 horas después:

 

Dios no puede existir, no puede haber algo o alguien que permita tanto sufrimiento. Parece que salir va a ser imposible. Un jodido ladrillo o lo que mierdas haya sido me ha dado en el hombro, si tuviera luz para mirarme apuesto a que debo tener un buen moretón. Por cada piedra que quitamos caen dos nuevas, parece que la iglesia entera se nos ha caído encima.

 

Abatido, dolorido, hambriento y exhausto me tiro de nuevo al suelo. Me rindo, no me quedan fuerzas.

 

Inmerso en mis cavilaciones y mis recuerdos empiezo a entender que mi historia está llegando a su fin. Joder, me faltan muchas cosas que hacer todavía, muchos lugares que visitar, muchas películas por ver, libros que leer, muchos besos que dar, hay tanta gente a la que no le he dicho que la quiero…la vida es imprevisible y cruel.

 

Unos pasos se acercan y oigo una voz familiar:

 

- He pensado que podríamos utilizar las maderas de los muebles para apuntalar el techo. Puede que así consigamos seguir quitando piedras sin que caigan las que están encima. -sugiere Estela buscando mi ayuda.

 

- Da igual lo que hagamos…no hay salida.

 

Al cabo de un rato me vence el cansancio y me adormezco en el frío suelo de piedra.

 

 

75 horas después:

 

Unas voces y unos golpes en la pared me despiertan. Me incorporo y no puedo creer lo que mis ojos ven en la pared de enfrente, el haz de luz de una linterna que se mueve por entre los muebles del fondo. Me levanto y escucho como alguien arrastra un armario o algo parecido.

 

-¿Quién hay ahí?- Pregunta Capo desde algún otro punto de la sala.

 

………………………………………………………………………………………….

 

Increíble, cuando lo dábamos todo por perdido aparece un viejo que atraviesa una de las paredes y se cuela en nuestro particular sepulcro.

 

Se llama Joan y nos ha dado agua y algo de pan duro, Capoira le ha ofrecido queso y algo de vino del que aún nos queda, el anciano acepta con una risotada el intercambio y nos cuenta cómo ha llegado hasta nosotros, no se trata de ningún fantasma, es algo mucho más obvio y terrenal.

 

Joan nos explica que estamos en un refugio de la guerra civil española, en los años 30 ésta fue una parte muy castigada por los bombardeos y tras meses de conflicto los vecinos terminaron cavando unos refugios en los sótanos de las casas, muchos de ellos los unieron con túneles estrechos y formaron algo parecido a un pequeño hormiguero en la parte antigua de la plaza.

 

Con el tiempo muchas de las viejas casas se reformaron y tapiaron los conductos y los pasadizos, pero según nos cuenta Joan la casa en la que vive perteneció a su abuelo, y dice que se juró a si mismo mantenerla y cuidarla tal cual como la recibió. Ironías del destino, vivir en una casa vieja le ha salvado la vida a él y a nosotros. Había escuchado que en muchos pueblos existían refugios así, pero ni se me había pasado por la cabeza que iba a estar dentro de uno de ellos y precisamente durante un bombardeo.

 

Hay muchas preguntas que hacerle todavía, pero tenemos que ocuparnos de Coletilla. Joan se acerca y le da un vistazo con la linterna, para ser tan mayor tengo que reconocer que se mueve con mucho aplomo, vamos que se conserva bien el hombre.

 

Tras echarle una mirada le pasa la linterna a una de las chicas y se carga al Coletilla al hombro como si fuera un fardo. Coletilla es bajito y delgado, pero aún así me sorprende la facilidad y la delicadeza con la que se lo echa a cuestas.

 

-Este xiquet está muy mal… vamos a mi casa, puede que tenga antibióticos y podamos hacer algo.

 

Y diciendo esto comienza a caminar hacia el punto por el que entró, alumbrado por la linterna que le sujeta Capoira mientras los cuatro lo seguimos perplejos, pero gratamente sorprendidos.

ENTRADA 39: Vivir juntos o Morir solos II

ENTRADA 39: Vivir juntos o Morir solos II

 

 

A oscuras noto el calor del vino bajando por mi garganta. La botella está casi vacía y a tientas nos la vamos pasando de mano a mano, como un par de jóvenes cualquiera bebiendo antes de entrar a una fiesta, como si nada traumático hubiera pasado.

 

El alcohol no ha tardado en hacer efecto y desinhibirnos, hemos olvidado el pánico, el agobio y las precauciones y charlamos a más volumen del recomendable apoyados en una fría pared de antiguos ladrillos. No hacemos mención alguna a lo acontecido los últimos días… tan sólo hablamos de anécdotas de años atrás, y cosas de la vida cotidiana que ahora parece tan lejana.

 

Estela me cuenta cómo era su colegio en Nápoles y aunque no veo su cara se que sonríe al hablarme de las trastadas que hizo de niña junto a sus amigas. Yo por mi parte ya tengo preparadas tres historias realmente divertidas, y es que ir a un colegio de monjas, al menos deja un par de sucesos cuanto menos curiosos. Así seguimos durante un rato, bebiendo y riendo por lo bajo, hasta que la conversación cambia de cariz.

 

-Aún no te he dicho gracias.- Me sorprende Estela cambiando radicalmente de tema.

 

-No he hecho nada por lo que tengas que hacerlo.- Contesto girándome instintivamente hacia ella, pese a que estando sentada a mi lado no puedo distinguirla, pero oigo su respiración, casi puedo sentir su aliento en mi mejilla.

 

Sin esperármelo, unos labios me sorprenden al contacto con mi cara, y tras un sonoro beso, me susurran un “grazie” cargado de acento italiano que, automáticamente, dibuja una sonrisa en mi rostro. Lástima que ella no pueda verla.

 

Guiado por algún extraño impulso me giro y acero mi cara hacia donde imagino que está la suya, muy despacio, hasta que nuestras narices se rozan y ella deja escapar una risilla dulce, una risa… cuánto tiempo sin escuchar una.

 

Después son nuestros labios los que cruzan su camino y nuestras manos las que se entrelazan. En ese momento todo parece relegado a un segundo plano, más allá incluso, sólo estamos ella y yo, el resto del mundo no importa. Un instante en el paraíso tras una eternidad en el infierno.

 

 

41 Horas Después.

 

Un ruido sordo me despierta con un sobresalto, juraría que el techo tiembla.

No son imaginaciones mías, mis amigos también lo han notado y las preguntas surcan la sala con cierto tono de miedo impreso.

 

Me quedo lívido al pensar que tal vez la trapilla se haya abierto y esas cosas estén entrando, pero pronto deshecho la idea. El ruido viene de afuera. El flash de uno de los móviles se enciende, apenas nos queda batería pero esta es una situación desesperada.

Los cinco nos reunimos entorno al improvisado foco de luz.

-¿De donde viene ese ruido?- Pregunta coletilla en voz alta.

 

-No tengo ni idea, pero parece que sube de intensidad.- Contesta Capo mirando a todos los sitios.

 

Del techo se desprende un molesto polvillo que me obliga a cerrar los ojos. Nos miramos asustados, sabemos que no es un terremoto, joder esto pinta mal.

 

-¡Debajo de la mesa todos! ¡Nos están bombardeando!-Grito mientras estiro del antebrazo a Capoira.

 

Cinco personas debajo de una mesa medio carcomida temblando de miedo y sin decir nada coherente, ésa es nuestra delicada situación. Y como cuando todo va mal siempre puede estropearse aún más, el teléfono pita y un “beep beep” nos avisa de que la batería está llegando a su fin. La luz del flash se apaga para siempre y la oscuridad vuelve a ser impenetrable.

 

Cada vez se escucha con más fuerza, hasta que llegamos a un punto en el que el techo tiembla con violencia y comienzan a desprenderse cascotes que se estrellan contra el suelo, menos mal que la madera de la mesa nos protege de más de un pedrazo.

 

Parece que el edificio entero se esté derrumbando sobre nuestras cabezas, una mano me recorre la espalda y al llegar al hombro baja por el brazo y me aprieta con fuerza la muñeca.

 

-Todo va a salir bien-  Son las únicas palabras que acierto a pronunciar. Una lágrima me recorre la cara, abro bien los ojos, pero sigo sin ver nada.

 

Minutos después todo queda enmudecido, estamos vivos.

 

 

50 Horas después.

 

Estamos bien jodidos. La sala no se ha derrumbado, pero donde antes estaban las escaleras que conducían a la trampilla, ahora hay sólo una montaña de cascotes. Además el agua de los recipientes está llena de piedras y tierrecilla del techo, eso si es que el recipiente no se ha roto o no ha sido volcado.

 

No hay forma de contactar con nadie del exterior. Tenemos que intentar apartar esas piedras a mano y sin luz, pero si el techo se ha venido encima como todo parece indicar, estamos bien jodidos. Contador Gratis
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ENTRADA 38: Vivir juntos, Morir Solos I

ENTRADA 38: Vivir juntos,  Morir Solos I

 

3 Horas después de entrar:

 

Han parado los golpes contra la trampilla. Tal vez se hayan cansado o quizá algo ha llamado la atención de esas cosas. No se la razón pero lo importante es que ya no nos buscan… al menos de momento.

 

He recorrido toda la sala, con la ayuda de la tímida luz de la pantalla. Esto parece un viejo almacén subterráneo. Hemos encontrado todo tipo de cosas, desde herramientas y muebles antiguos a cajas llenas de ropa usada, seguramente donada para actos benéficos.

 

Aunque sin duda el hallazgo que más me ha alegrado han sido unas cajas con comida. Quesos, dulces, harinas y aceites, supongo que los monjes preparaban sus propios alimentos a lo largo del día a día, como antiguamente, y las condiciones de oscuridad y frescor naturales que aquí hay parecen perfectas para su conservación.

 

La comida nos ha tranquilizado un poco, hemos decidido que lo más sensato es esperar un tiempo en la seguridad de nuestro nuevo refugio. Mientras tanto esperaremos ayuda del exterior. Coletilla y Capoira están convencidos de que el ejército volverá y nos rescatarán a  todos… las italianas opinan que la ayuda internacional pronto llegará y la pesadilla terminará si conseguimos aguantar el tiempo suficiente… quiero creerles, pero en el fondo, y por mucho que me duela admitirlo, me da la impresión de que nada de eso sucederá.

 

Para mantenernos ocupados, los chicos hemos asegurado la trampilla de la entrada desde dentro, atando unas cuerdas que impiden que se abran. Todo en el más escrupuloso silencio, no queremos atraer su atención de nuevo, si vuelven quizás no se marchen.

 

 

8  Horas después:

 

 

-Según reloj del teléfono ya son las diez de la noche, aquí sólo sirve como reloj y como fuente de luz.- Dice Coletilla resignado ya  al hecho de que la cobertura parece haber dejado de existir.

 

Como si la idea de dormir resultara una eficaz forma de evadirse nos dirigimos todos hacia nuestras improvisadas camas, unos cartones extendidos y ropa de las cajas encima. Es algo precario pero al fin y al cabo no estamos en un hotel.

 

Dormimos en círculo, como si estuviéramos en un campamento bajo las estrellas, alrededor de una hoguera crepitante, la diferencia es que las caras de mis amigos son todo un poema, y con tan poca luz todavía hay más ambiente tétrico.

 

Coletilla espera a que estemos todos en nuestros “lugares de descanso” y entonces deja el teléfono en el centro del círculo y va a tumbarse a su respectivo. En unos segundos la luz del teléfono se extingue y nos sumimos de nuevo en una densa y negra oscuridad. Nadie habla.

 

Me remuevo y me tiro por encima un par de camisetas XXL a modo de sábana. Es pleno verano pero bajo tierra hace casi fresco, lo último que querría ahora es constiparme, me incorporo y me pongo encima otra camiseta que cojo aleatoriamente del montón que me hace las veces de colchón. No es mi talla, me queda algo corta de mangas pero me da igual.

 

Tengo sed, aunque hemos llenado el estómago con varias latas de conserva y queso, no hemos encontrado ni rastro de agua. Es lógico, para que iban a guardar agua en un sótano. El cuerpo obtiene líquidos también de la comida, pero necesitaremos agua pronto, no quiero ni pensar que haremos si no encontramos una solución.

 

Oigo llorar a Coletilla, se le ha escapado un gimoteo cargado de amargura, tiene la respiración acelerada, supongo que debe haberse acordado de alguien. No me quedan palabras de ánimo, me doy la vuelta y me sumerjo en mis propias lamentaciones.

 

 

18 Horas después:

 

 

Una discusión me despierta. Al parecer se ha terminado la última botella de agua y Capoira y Coletilla se echan las culpas el uno al otro. No tengo ni idea de la hora que es… ni un solo rallo de luz da testimonio de que el sol haya vuelto a salir, podría haberse apagado y no notaríamos la diferencia.

 

La discusión termina con una pelea a oscuras. Las chicas intervienen y yo me apresuro en ir hacia la fuente del escándalo. Al final, y no sin grandes esfuerzos conseguimos separarlos. Les echo la bronca por ponernos a todos en peligro pero no me hacen ni caso, al contrario Capo me provoca, como si deseara una nueva discusión.

 

-¡Joder si no nos tenemos los unos a los otros no nos queda nada!- Grito enfadado por el cariz que estaba tomando el asunto, olvidando mi propio consejo de no llamar la atención.  

 

Cada uno se va hacia un extremo de la sala y no se dignan ni a contestarme.

 

 

24 Horas después:

 

El silencio y el aburrimiento me están trastornando. La ansiedad nos ha calado a todos y  sólo las italianas se atreven a murmurar palabras que no entiendo. Todo el mundo está muy susceptible, tratar de conversar es casi una discusión garantizada.

 

 

 

 

25 Horas después:

 

Un ruido de tuberías sustituye al hasta ahora inquebrantable silencio. Parece agua bajando por el interior de una de las paredes.

 

Por fin algo nos llama la atención y hablamos como personas, tal vez podamos sacar algo de todo esto.

 

En cuestión de minutos comenzamos a picar la pared en dirección a la supuesta tubería. Usamos un pequeño martillo envuelto en varias prendas de tela para minimizar el ruido. Poco a poco sacamos bloques de piedra de la pared.

 

 

28 Horas después:

 

 

Afuera debe estar cayendo una buena porque la tubería que escuchábamos baja llena de agua. Hemos conseguido llegar a ella y hacer un agujero. Estela ha encontrado un par de cubos y los estamos llenando. Coletilla ha bebido del primero sin pensárselo demasiado, yo pensaba esperar un poco para que se decantara la suciedad y cayera al fondo del recipiente… pero la sed es demasiado grande.

 

Por fin nos ha pasado algo bueno, es un enorme alivio tener agua y todos están más contentos. Hemos tenido que poner una madera porque estaba entrando agua. Los nubarrones de la sed se alejan de momento, hemos llenado de agua todos los recipientes que hemos podido encontrar. Además, el aire parece ahora menos viciado.

 

 

36 Horas  Después:

 

-¿Estás dormido?

 

El sobresalto que me llevo es espectacular y me incorporo de repente. Hace días que no duermo bien, me despierto muy a menudo, sudo y tengo pesadillas. Además no dejo de pensar en mi familia, en los amigos que no sabemos si aún viven y en otras mil cosas que me rondan la cabeza. Supongo que con todo lo que estamos pasando lo extraño sería que durmiera a pierna suelta.

 

-Joder estaba… no, ya no… dime. –Murmuro por lo bajo mientras vuelvo a la realidad.

 

 

-Shhhh, no hagas ruido, quiero enseñarte algo.- Me dice la italiana con cierto tono optimista que me causa una gran curiosidad.

 

Me levanto intrigado y trato de seguirla, no veo nada y ando muy despacio, con las manos por delante, como si fuera un ciego perdido. Ella se da cuenta de que me resulta difícil seguirla y me coge de la mano.

 

Al momento llegamos justo delante de una especie de estantería, duda unos segundos y termina poniéndome una botella de vidrio en la mano.

 

- ¡Es vino! – Susurra  emocionada cerca de mi oído, como quién encuentra un tesoro pirata en una playa desierta. El primer impulso que tengo es quejarme por despertarme para esta tontería, pero enseguida cambio de idea y me dejo llevar por la alegría de la voz de mi saqueadora amiga. Nos merecemos olvidarnos de este infierno aunque sea sólo por un rato.

ENTRADA 37: In extremis.

ENTRADA 37: In extremis.

 

¿Dónde cojones vamos ahora? ¡Hay que salir de aquí!- Gritaba Coletilla cogiéndome de la camiseta.

Le contesté que probáramos a subir al primer piso y que tal vez desde allí podríamos salir. No estaban muy seguros pero un golpetazo que hizo temblar la puerta entera nos convenció a los cinco de que lo primero que había que hacer era alejarnos de allí.

Comenzamos a correr a través del pasillo, girándonos de vez en cuando para ver si la puerta aún aguantaba. Pasamos ante el cuarto de las pinturas que visité hacía poco tiempo y llegamos a la entrada del campanario.

¿Has estado aquí no?- Me preguntó Coletilla señalando las escaleras de piedra que subían girando sobre sí mismas.

-Si, no tuve tiempo de recorrerlo todo, pero eso es el campanario, no creo que…

Un estruendo metálico nos hizo mirar hacia atrás, hacia el otro extremo del pasillo, a la puerta de madera que nos separaba de ellos. Golpe tras golpe, la vieja cerradura se había ido debilitando, sucumbiendo a los embates furiosos de las criaturas que nos perseguían incansables. Acababan de reventarla y se había abierto de par en par golpeando la propia pared con fuerza.

La angustia de verlos de nuevo correr hacia nosotros es indescriptible, varios de ellos estaban con nosotros refugiados en al iglesia, pero ellos ya no nos conocen. Estamos desarmados, solos y perdidos.

El corazón va a estallarme, llegamos a la puerta de la cocina y trato de girar el tirador. Dios… no se abre, Coletilla y Capo gritan desesperados y tratan de abrirla a patadas. No cede ni un centímetro, vamos a morir.

Un grito en italiano que no acierto a comprender nos llama la atención. La amiga de Estela señala una trampilla en el suelo a unos pocos metros y nos hace señas. Puede ser nuestra única oportunidad. Miro de reojo y veo girar al primero de ellos.

Un chico joven, de nuestra edad más o menos. Él también me ha visto y de su garganta sale algún tipo de aullido triunfal mientras arranca a correr de nuevo. Reacciono y sigo a mis amigos, la trampilla parece pesada, una anilla de metal hace las veces de tirador en cada hoja de la puerta y Capo y las chicas tiran de ellas con fuerza.

Las puertas se abren con un quejido y nos revelan unas escaleras que se pierden en el fondo de aquel oscuro lugar. Nada puede ser peor que lo que nos aguarda aquí fuera. Sobran las palabras, nos abalanzamos escaleras abajo y las puertas vuelven a cerrarse con fuerza, dejándonos completamente a oscuras.

 

Justo a tiempo. Cuatro o cinco segundos más y estaríamos luchando por sobrevivir unos contra otros. Pero estos putos bichos son realmente tozudos y enseguida descubran que lo que hay que aporrear ahora es la trampilla de madera. Malditos sean.

Miro hacia arriba y me cae polvillo a causa de los palmetazos que dan sobre la madera. Joder, no veo nada y encima me ha entrado algo al ojo. Alguien me toca y suelto un grito.

-Soy Capo soy Capo- Salta el responsable de mi respingo para que no cunda el pánico de nuevo. No veo nada, añade justificando el choque.

Estamos todos igual, pienso mientras me froto el ojo con insistencia. Al otro lado se siguen escuchando esas cosas, pero suenan como lejanos, se nota que la madera es gruesa y que estamos bajo tierra.

Tanteamos a ciegas y descubrimos una barra de metal corredera, es un pestillo a la vieja usanza. Debe estar algo oxidado porque nos cuesta mucho correrlo, pero finalmente cruza las dos hojas de la trampilla y las asegura. Parece que con esta puerta tienen para rato.

La oscuridad es total y bajo los escalones con sumo cuidado, con la mano en la pared de piedra  para no caerme escaleras abajo. Unos metros más abajo Estela parece haber llegado al fondo.

Al llegar abajo la italiana saca su teléfono móvil y la tenue luz de la pantalla ilumina delicadamente la estancia. Por fin alguien tiene una buena idea, pienso mientras me acerco al punto de luz.

Parece algún tipo de almacén, la poca luz del aparato apenas sirve para ver las paredes al fondo. La sala es grande, y montones de cajas o trastos indistinguibles se apilan en torno a las paredes. No hay ni un hilo de luz natural, ni una ventana ni respiradero, y me temo que únicamente tiene una puerta.

Genial, vamos a morir en un jodido trastero.

ENTRADA 36: Sangre en la casa de Dios.

ENTRADA 36: Sangre en la casa de Dios.

¡Han abierto la puerta! ¡Estamos muertos!– Gritaba la gente a mi alrededor histérica perdida.

Uno de los soldados ordenó que cerraran inmediatamente, pero varias figuras ensangrentadas se habían colado ya por la abertura de la puerta y se cebaban ahora con la imprudente mujer que les acababa de permitir el paso.

Las armas comenzaron a escupir proyectiles y los disparos retronaron en el interior del templo, alzándose por encima de  los chillidos y los gritos. En cuestión de segundos todos los infectados que habían puesto un pie en “la casa del señor” habían sido abatidos antes de adentrarse a más de diez metros de la puerta.

Pero la puerta seguía abierta y los dos recién llegados habían llamado la atención de muchos infectados. Uno de los soldados corrió a cerrar, pero no pudo ni acercarse, una docena de seres furibundos y rabiosos le miraban fijamente, avanzando hacia él.

No esperé a ver el desenlace, cogí a Estela del brazo y Llamé a Capo y a Coletilla de un grito para intentar que me escucharan entre el estrépito y el ruido de las balas, pero no escuché respuesta alguna.

Miré hacia los equipajes y allí estaba Coletilla, recogiendo a toda prisa las mochilas. Estella se soltó de mi mano para buscar a su amiga, que corría hacia los curas esperando que abrieran la puerta del pasillo, como hacían multitud de hombres y mujeres aterrorizados.

-¡Corred, hacia aquella puerta!- Dije señalando el fondo de la iglesia, por donde me había colado en mi pequeña exploración.

-¡Está cerrada!

-¡Tengo una llave!, ¡hacedme caso!

Vi mi equipaje sólo a unos pasos, y a Estela y a su amiga en el pasillo central, con un gesto de dolor, corrí hacia nuestras compañeras de camino y al llegar las arrastré hacia nuestra particular salida, como pensaba, no había tiempo ni de coger la mochila.

-¡Abre joder!-Gritaban mis dos amigos mientras yo me toqueteaba los bolsillos.

-Mierda, ¡está en la mochila!- Contesté al recordar su paradero.

No había tiempo. A pesar de que los soldados habían abatido a un montón de infectados que formaban ya una alfombra de cadáveres extendidos, la munición de que disponían era muy limitada, no estaban listos en absoluto para un enfrentamiento largo.

Los infectados no sabían si les quedaban balas o no, simplemente entraban corriendo como posesos y se abalanzaban contra el primero que encontraban. Los disparos acababan de cesar, ya nadie los contenía.

-¡¿Qué cojones hacemos ahora eh?!- Me increpaba Capo perdiendo los estribos.

Algo cruzó por mi mente trayéndome un reflejo de esperanza, ¡en el llavero había dos llaves! Con las manos temblorosas localicé la llave y la descolgué con rapidez. Coletilla me dejó paso y a toda prisa tanteé para introducirla, rezando a algún Dios para que se moviera la cerradura.

El corazón me dio un vuelco y al lograr abrir cruzamos al otro lado con rapidez. Con un último vistazo vi como un hombre corría hacia mí suplicando que le esperáramos, y a pocos metros de él, varias siluetas aullantes que no tuve tiempo de distinguir con claridad. Nunca olvidaré los alaridos desgarradores y los lamentos que escuchamos cuando cerré de un portazo.

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ENTRADA 35: Sin Salida ni Esperanzas.

ENTRADA 35: Sin Salida ni Esperanzas.

 

Dicen que cuando estamos apunto de morir, vemos pasar nuestra vida como un torrente de imágenes desordenadas y fugaces, las caras, las voces y los lugares que nos han marcado para siempre se reproducen durante un instante. Cuentan que en los últimos momentos el cerebro o el alma reviven los más intensos sentimientos, las risas, los besos, las lágrimas, el resumen de una vida.

 

Lo cierto es que a Rafa no le ocurrió nada de aquello, ni momentos felices ni rostros familiares, ni túneles oscuros con reconfortante luz al final del trayecto. Lo último que pasó por la mente del joven fue rabia y dolor, dolor físico y mental mientras unos dientes que habían aparecido de la nada le arrebataban la vida prematuramente.

 

Desde el suelo, arrodillado, vio acercarse de reojo a un hombre que se tambaleaba, las alarmas del peligro se le dispararon y se levantó casi de un salto. Lo miró un instante, avanzaba despacio, sujetándose un brazo ensangrentado con el otro, y parecía emitir un murmullo ininteligible.

 

Un infectado, pensó mientras daba un par de pasos atrás. Pero algo no le cuadraba, avanzaba despacio, demasiado despacio comparado con lo violentos que eran las criaturas que él había visto hasta el momento.

 

Aquel hombre ensangrentado levantó su brazo y le señaló con el dedo al tiempo repetía de nuevo aquellas palabras irreconocibles cada vez más nervioso y  como si  estuviera excitado o alterado, subía el tono de su extraño quejido, era muy extraño, casi hipnótico.

 

El jaleo que se había montado en el campamento fuera del túnel sirvió a Rafa para sacarle de su ensimismamiento, y se  giró rápidamente para alejarse de aquel extraño ser y encontrar a sus amigos. Al dar media vuelta chocó de bruces contra una mujer mayor, que con los brazos estirados le había agarrado ya de los hombros.

 

Como si fuera un acto reflejo empujó a la vieja para sacársela de encima, pero ésta era como las demás criaturas, agresiva, rabiosa y voraz. La vieja tenía fuertemente cogido a Rafa por la camiseta y consiguió aguantar el equilibrio sin caerse, sujetando de nuevo al joven, ahora con más fuerza.

 

Rafa vio con pánico como esa mujer abría la boca de par en par, enseñando los cuatro dientes que le faltaban, el colmillo de oro la lengua teñida de sangre fresca. Estaban fundidos en un abrazo mortal, y por sorprendente que parezca el chico era incapaz de quitarse de encima a aquella infectada, que lanzaba mordiscos al aire mientras lo sujetaba con una fuerza impropia de una persona casi anciana.

 

Con los brazos ocupados sujetando a los de su agresora, en igualada y agobiante pugna, trató de sacársela de encima con un rodillazo, de modo que estiró su pierna derecha y subió con velocidad hasta el estómago. Pero aquella cosa parecía no inmutarse tras un rodillazo que dejaría bien amargo hasta al más pintado.

 

Desesperado volvió a intentarlo una y otra vez, mientras le sujetaba los brazos, la partiría en dos a rodillazos si era necesario.

 

En muchas ocasiones la vida o la muerte se deciden por casualidades, fruto de la buena o mala suerte. En su interior sabía que las fuerzas comenzaban a fallarse, los brazos le temblaban y le costaba horrores mantener sujetas las muñecas y apartada la boca, además cada golpe que daba hacía aún menos daño a aquella criatura. Estaba al límite de sus fuerzas cuando al levantar la pierna de nuevo perdió el equilibrio y ambos cayeron sin soltarse.

 

Ya en el suelo, vio como se acercaba el otro hombre tambaleante, y ahora pudo oírle con mayor claridad, ensangrentado y con voz entrecortada y débil le dijo:

 

-“Te estaba avisando”.

 

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No muy lejos de allí, en la iglesia donde también se hallaba un punto de refugiados, una violenta pelea estalló entre los soldados y los familiares de los heridos en el tiroteo.

 

Entre grito y grito tardaron en darse cuenta de que alguien aporreaba la puerta de la entrada pidiendo auxilio.

 

-¿Van a abrirle? ¡No pueden dejar a la gente fuera!– Exclamó Estela con su acento italiano muy preocupada y estresada, cogida de la mano de su amiga.

 

-No creo que sea seguro.- Le respondí sin saber que decirle, asustado aún por el ruido del tiroteo de dentro y fuera de la iglesia.

 

Alguien actuó imprudentemente y abrió sin esperar la decisión de los militares, poniéndonos a todos en grave peligro. Al momento vi a dos personas  colarse por el hueco de la puerta y detrás de ellas muchas más que corrían hacia la iglesia, hacia la nueva oportunidad de comida fácil. Antes de que pudieran cerrarla de nuevo, volvieron a sonar los disparos dentro de la iglesia, y después el caos.

 

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Nota: Siento el retraso, últimamente ando muy liado, pero pronto acabará el verano y volveré a la normalidad de las clases, a la rutina y a las tardes de escritura. Antes de que eso ocurra, me marcho de vacaciones 15 días, vacaciones de verdad, descanso, playa, nada de trabajo ni de ordenadores. No esperéis entrada hasta septiembre, se que no es agradable pero también se que me comprendéis y que tenéis paciencia.

 

Espero que disfrutéis y se os haga corta la espera. Un abrazo a todos los Infectados.

 


 

ENTRADA 34: Campo de fúbol.

ENTRADA 34:  Campo de fúbol.

 

 

-¡Apartaos todos de la enfermería! – Gritó el soldado empujando a los curiosos que se habían arremolinado en torno a la habitación desde la que se escuchaban lamentos y gritos. Todo el mundo en el pequeño estadio de fútbol sabía que algo andaba mal.

 

-Eh tíos esto me da muy mala espina, tenemos que irnos. – Dijo Llobet a Rafa y a Carlos que no paraban de acercarse intentando ver algo por encima de las cabezas.

 

-Espera joder, tenemos que ver de que se trata. –Contestó Carlos estirando el cuello.

 

-Yo me largo, estaré en la tienda…-No tuvo tiempo ni de terminar la frase, la gente que se arremolinaba en el pasillo delante de ellos empezó a empujar hacia atrás con la intención de salir. El murmullo dio paso a los gritos y éstos a los disparos.

 

Ellos no llegaban a verlo, pero al girar el pasillo, en la enfermería se había desatado el caos al soltarse uno de los supervivientes que estaba en cuarentena. No tardaron en romper el cristal de la puerta unos brazos sanguinolentos y mutilados.

 

La gente trató de correr y se produjo una estampida en el túnel de los vestuarios, en la locura desatada la gente tropezaba y caía al pisar a las personas que habían tropezado antes que ellas. El pasillo se convirtió en una sangría en cuestión de segundos.

 

La adrenalina y el miedo fluían de nuevo por las venas de Llobet, que estando en el interior de su tienda, metía ropa y agua en la mochila desesperadamente. El corazón casi se le sale por la boca cuando alguien agitó la lona de la tienda de campaña.

 

-¡Joder son esas cosas!- Dijo Carlos agachándose para entrar.

 

-Tenemos que salir de aquí. ¿Y Rafa?- Preguntó Llobet mientras se llevaba la mochila repleta al hombro.

 

-Venía detrás de mí… joder, voy a buscarlo.

 

En ese momento alguien o algo agitó violentamente el plástico de la entrada. Los rostros de los dos amigos palidecieron de repente, sabían que podían morir en cuestión de segundos. A pocos metros, Rafa se levantaba magullado y dolorido tras tropezar con alguien en plena carrera.

 

Al levantarse se miró asustado a las manos, que sangraban por las heridas que se había hecho al arañarse contra el suelo de tierra. Escuchó un ruido por detrás y vio una figura tambaleante que se le acercaba desde el túnel de vestuarios.

ENTRADA 33: Tormenta III

ENTRADA 33: Tormenta III

 

“El proyecto se había estancado de repente y en el peor momento, las ideas de John y su prometedora carrera atrajeron fondos con velocidad, pero la falta de resultados ponía en peligro la subvención del gobierno, y sin subvención perdería la plaza en el laboratorio… y sin medios materiales…todo se iba a la mierda.

 

John dio un golpe en la mesa del laboratorio tras el fallo de la última de las pruebas. Las células habían ralentizado el deterioro de sus estructuras internas de forma extraordinaria, pero pasadas unas horas dejaban de realizar las funciones vitales básicas… ni se alimentaban ni se reproducían, ni se relacionaban con el medio que las rodeaba, simplemente se congelaban en el tiempo.

 

Aquello sólo era un triste reflejo del objetivo real de John. Tal vez detener a la propia muerte era un reto demasiado complicado incluso para él. Pero pese al desánimo y la rabia del fracaso, estaba seguro de que lo lograría, al menos un avance necesario  para que le renovaran los fondos y seguir investigando en aquel maravilloso laboratorio, perdido en algún lugar de la inmensidad del desierto de Gobi, China.”

 

 

                                                                                                        China,  Agosto 2004.

 

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Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar aquel cañonazo tan terriblemente cerca, miré hacia arriba, los vidrios vibraban audiblemente con la explosión, como si también ellos estuvieran aterrados.

 

Varias personas sollozaban en la penumbra de las hileras de bancos de madera, algunos niños lloraban a moco tendido, rompiendo el sepulcral silencio en el que habíamos quedado inmersos. Al margen de los susurros y llantos ocasionales,  todos los allí presentes escuchábamos con el corazón en un puño el rugido de la batalla que se libraba a pocas calles.

 

- ¡Apartaos todos de las puertas! –Ordenó un hombre con ropas militares. – Debemos asegurar la entrada y trasladar a los civiles a otra parte más alejada.

 

 Al escuchar esas palabras el cura viejo corrió hacia él y comenzaron a discutir en voz baja. Al parecer, no quería que la gente ocupara zonas que hasta ese momento habían sido de uso exclusivo para la comunidad de monjes, como las el piso superior y el jardín central.

 

Durante el intercambio verbal para ver quién se llevaba el gato al agua, varios monjes se acercaron para intentar convencer a su superior de que la seguridad de las personas era el objetivo prioritario. Pero aquel extraño hombre no atendía a razones, quizá por orgullo, quizá por desconocer el grave peligro que corríamos todos, hizo falta una ráfaga de balas en el santo más cercano para amilanar al  autoritario e inconsciente religioso.

 

- ¡Esto es sacrilegio! ¡Arderás en el infierno por lo que has hecho! – Amenazó con los ojos muy abiertos.

 

- Lleváoslo ahora mismo- Bramó señalando al monje. -Y Levantad una barricada con lo que podáis encontrar, hay que asegurar la puerta principal.- Dijo ahora apuntando hacia la entrada.

 

Dos hombres acompañaron al monje a regañadientes, mientras los otros tres militares y dos policías uniformados y varios civiles comenzaron a  llevar bancos, cajas y demás obstáculos hacia la entrada.

 

De entre la multitud surgió otro anónimo que se dirigió al soldado al mando con paso inseguro y voz temblorosa.

 

-Oiga… yo tengo que salir de aquí. No pueden dejarme encerrado. –Dijo un hombre moreno de mediana edad, con la frente sudorosa y las gafas medio empañadas por el calor estival y sus propios vapores y lágrimas. Debía estar pasando verdadero calor, pero aún así no se quitaba el chaleco verde de montañero ni la mochila.

 

-Imposible. -Se limitó a contestar sin apenas mirarle.

 

 

 

La respuesta lógica no sorprendió a nadie de los que ahora contemplábamos la escena. Me giré hacia Capoira y me devolvió una mirada de  sorpresa ante la irracionalidad de aquella petición descabellada. Coletilla y algunos más también murmuraron algo acerca de lo inseguro que era salir al exterior.

 

El hombre de gafas continuó avanzando hacia la puerta, desoyendo la negativa del soldado, caminando despacio hacia la puerta donde lo contemplaban también los que estaban montando la barricada. Me sonaba haberlo visto llegar poco tiempo después que nosotros, quizá al día siguiente.

 

-¿No me ha oído o también tendré que apartarlo a la fuerza?- Preguntó el militar perdiendo la paciencia.

 

El hombre continuó caminando y cuando se le acercaron dos de los voluntarios se llevó la mano al bolsillo interior de su chaleco y disparó a bocajarro contra los que le cortaban el paso. Los dos disparos sonaron como cañonazos entre los muros del edificio, y de inmediato desencadenaron un torrente de gritos y juramentos.

 

Todos nos echamos al suelo sorprendidos por la reacción de aquel loco. La reacción fue rápida, fulgurante, en pocos segundos el agresor yacía en un charco de sangre entremezclada de asesino y asesinados.

 

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Tenía tierra en la boca, tierra que se mezclaba con el sabor de la sangre que había corrido por su paladar. Se estaba levantando tras la explosión, con los pantalones rasgados y sucios, la larga melena polvorienta y el torso semidesnudo atravesado por varios impactos de bala.

 

No lo sabía, pero el obús que había matado a varios seres como ella le había reventado los tímpanos y producido daños internos. Un hilillo de sangre negruzca discurría ahora por sus suaves mejillas, manando directamente de sus ojos y oídos. Pero aún podía ver, y el sentido auditivo no lo necesitaba para nada. Su olfato le indicaba ahora donde estaba la comida, y en aquellos momentos vibraba por la abundancia de presas, como si de un radar se tratara.

 

Quizá el azar volvió a intervenir para salvarla, pero justo cuando iba a correr hacia el fuego cruzado de los tanques, vio moverse a alguien a través de los cristales y salió disparada hacia allí, saltando por encima de varios cadáveres, gritando, con la boca muy abierta.

ENTRADA 32: Tormenta II

ENTRADA 32: Tormenta II

 

 

El soldado se vio sorprendido por la feroz embestida de la infectada mientras apuntaba con su fusil a otra amenaza cercana. En el último momento, alertado por el grito salvaje de su propia atacante, se percató y con rápido movimiento pudo interponer el HK entre la mandíbula de la joven y su propio rostro.

 

El duelo fue rápido y violento, ambos agarraban fuertemente el fusil con intenciones bien diferenciadas. El pulso del soldado se aceleró con fuerza al ver que no podía reducir a su adversaria con la facilidad que había imaginado. La fragilidad de aquella jovencita era solo en apariencia y en aquel momento parecía una fiera salvaje lanzando zarpazos a diestro y siniestro.

 

En un intento por derribarla, el soldado agarró con fuerza su camiseta, y giró con fuerza sobre la cadera como le habían enseñado en la academia de defensa personal. Pero la camiseta estaba hecha jirones  y se rasgó como una tela antigua, dejando a la infectada justo detrás de él. Lo último que sintió fueron sus brazos rodeándole como unas pinzas inusualmente poderosas, y el dolor indescriptible de una mandíbula arrancando los tejidos de su cuello. Tras unos segundos de inenarrable agonía dejó de ser él para siempre.

 

Aún estaba masticando el bocado de carne, y ya sentía ganas de más. Movió la cabeza instintivamente para apartarse el largo pelo moreno de los ojos y observó decenas de humanos disparando, gritando, corriendo… su cuerpo vibró de excitación y se lanzó a por la presa más cercana.

 

En esta ocasión era un hombre corpulento y calvo, un soldado veterano que había desenfundado su arma de corto alcance como su último recurso. Rodeado como estaba, y con sus compañeros batiéndose en retirada por las calles, no tenía tiempo de recargar su HK.

 

El soldado apuntaba con rapidez y precisión, moviendo el brazo que sujetaba el arma con asombrosa rapidez. Cada vez que apretaba el gatillo el percutor del arma accionaba el mecanismo y una bala salía escupida por el cañón del arma a asombrosa velocidad. El resultado siempre era el mismo, una cabeza estallaba en pedazos, así de monstruosa era la puntería del tirador.

 

El hombre miró por el rabillo del ojo, cubierto por la sangre del último de los infectados que se había acercado demasiado. En este caso vio a tres infectados corriendo hacia él, la más cercana era una joven de pelo moreno y ropa rasgada que avanzaba semidesnuda hacia él.

 

Su mente de veterano visualizó su frente como objetivo, giró sobre si mismo y apuntó con la misma frialdad que hasta ese momento, esperó un par de segundos para tenerla todavía más cerca y apretó el gatillo. “Error de cálculo” fue lo último que pensó al descubrir que había errado en la cuenta de las balas que le quedaban por disparar.  

 

Sintió miedo en el último momento, trató de correr pero ya los tenía encima. La infectada estiraba de uno de sus brazos, y otro ser pugnaba por su premio estirando del otro brazo hacia sí. Con un grito del aterrado soldado cayeron todos al suelo, mientras cada vez más infectados se sumaban al festín como buitres al cadáver abandonado de un ternero.

 

Cayendo como estaba la zona central de la línea de defensa los carros de combate se dirigieron veloces hacia el único punto por el que habían penetrado los infectados hasta el momento. Aunque los frenéticos mensajes de radio indicaban que los defensores habían sido aplastados con rapidez y  que volver a tomar el control iba a ser casi imposible.

 

Por eso, el líder del grupo de tanques dio la orden de formar una segunda línea de contención, unas pocas calles hacia el interior de Finestrat. Los tanques aceleraron a fondo y no tardaron en llegar al punto donde deberían formar la siguiente línea de defensa. Había infectados que habían penetrado ya hacia el corazón del pueblo, pero puede que tuvieran una oportunidad si cortaban el chorro.

 

Las ametralladoras de las torretas escupían tantas balas que formaban una línea de muerte por la que ninguna de esas criaturas era capaz de pasar de una pieza, la calle recta les precipitaba de forma ineludible hasta aquellos ruidosos monstruos de metal.

 

Varios infectados se habían subido encima de los tanques, impulsados por el instinto que les indicaba que dentro había algo de comer, pero por supuesto eran incapaces de acceder al interior.

 

Al ver un grupo numeroso de aquellas alimañas, uno de los tanques disparó su cañón, haciendo un boquete en el asfalto, borrando del mapa a aquella multitud y reventando cristales en una explosión que hizo temblar hasta la cristalera de la iglesia, en el corazón mismo del pueblo.