Udol (oskarvlc87) wrote,
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ENTRADA 49: El Contacto con la Muerte te hace Agarrarte a la Vida.

ENTRADA 49: El Contacto con la Muerte te hace Agarrarte a la Vida.

Hacía ya un par de horas, quizá más, que había hablado por última vez con su amigo por el walkie, y nadie había ido en su caballo blanco a rescatarla. En aquel punto igual daba que fuera un caballo blanco, una yegua gris o un tanque verde caqui, necesitaba ayuda para salir viva de aquel agujero, y cada vez veía menos probable que alguien que no quisiera comérsela apareciera en escena.

Encogida sobre sí misma, en el oscuro interior de un armario, Estela se balanceaba absorta, en un vaivén casi imperceptible, repetitivo y cansino. Con una mano apretaba con fuerza el walkie, su conexión con la única persona que aún podría ayudarla. La otra, la apoyaba en la puerta del armario en el que se había encerrado para salvar su vida. Fuera estaban ellos.

La oscuridad era total y absoluta, el espacio opresivo. Pasaba las horas en la misma postura, entumecida, sentada encima de varias mantas apiladas, con chaquetas y camisas colgándole desde las perchas. Sin poder mover un músculo ni articular palabra alguna.

Tal vez incluso ya estaba muerto, o puede que hubiera decidido abandonarla a su suerte. – Pensaba la italiana por culpa de su desesperación- Aunque él le jurara noches atrás, tras un beso apasionado, que todo acabaría bien, que siempre estaría ahí cuidando de ella. Pero quizás él no podía hacer nada al fin y al cabo.

Fuera, los infectados se movían arrastrando los pies, haciendo un ruido levemente amortiguado por las maderas de su escondrijo. A veces no se oía nada durante varios minutos, parecía que incluso podían haberse marchado sin decir nada, sin hacer ruido.  Pero cuando comenzaba a hacerse ilusiones, un murmullo, un gorgoteo o una respiración silbante le recordaba que no se habían marchado muy lejos. Que seguían al acecho.

De repente, sin razón aparente, empezó a oír signos de actividad. Pasos más seguidos, aullidos y gruñidos de más intensidad… el escándalo fue acrecentándose y lo que escuchaba pronto lo identificó como violencia pura y dura. Los gritos guturales se escuchaban cada vez más cerca, así como el resto de sonidos habituales de aquellas cosas.

Sabía que había llegado su hora. Sus amigas estaban muertas, habían ido cayendo día a día desde aquella tarde en la que se infectaron Bianca y Bárbara en el apartamento de Benidorm, y poco a poco, las demás chicas y chicos acabaron igual. Tampoco supo nada más de su familia, apenas una conversación entrecortada con su madre al llegar a la iglesia de Finestrat, en la que pudo decirle poco más aparte de un sentido “ti voglio bene, mamma”.

No quería morir, le horrorizaba saber que la iban a  despedazarla viva, que moriría de una forma horrible y encima puede que lenta. Convertirse en uno de esos seres que tanto odiaba, que habían convertido el mundo en un infierno, era aún peor.

Pensó en quitarse la vida, pero no tenía forma de hacerlo, no tenía nada salvo las camisas de un viejo y algunas mantas de lana. Cada vez  oía los golpes más cerca, y los chillidos, y los crujidos de madera. Se limitó a ponerse una manta por encima, ya ni ganas de pelar le quedaban. Ni esperanzas. Apretó los puños y las mandíbulas,  y cerró los ojos fuerte. Cerró los ojos hasta que escuchó una voz que la llamaba.

Los abrió inmediatamente, aunque no veía nada, los abrió porque no podía creerlo. La voz insistía, estaba cerca. La llamaba por su nombre, entre crujidos y chasquidos. Al final, creyendo reconocer la voz abrió un poco la puerta del armario y miró fuera por una rendija. No había nadie fuera, ni humano ni infectado. Quizá estaba volviéndose loca.

De pronto, entró en el cuarto una figura tambaleándose y tras ella, persiguiéndola, dos infectados ululantes. Estela se estremeció de miedo y volvió a cerrar conteniendo la respiración.

El primero de los que había entrado vestía  una voluminosa chaqueta negra de motorista, de las que llevan protecciones y acolchado interno. Su cara era imposible de distinguir, oculta tras un casco negro con la pantalla bajada y tintada de negro. Completaban el disfraz de motero unas botas y dos guantes del mismo color; uno de ellos agarraba el mango ensangrentado de una pequeña hacha de cortar leña, y el otro una palanca de acero de más de tres palmos.

-¡Estela! – Gritó casi sin aliento la voz bajo el casco negro.

Sin darle tregua los infectados se le abalanzaron inmisericordes y furiosos. El más pequeño iba primero. Un hombre bajito y con perilla, con las gafas colgándole del cuello, que se enzarzó con el motorista en un tira y afloja por clavarle los dientes. El segundo, más grande y con la cara medio quemada y negruzca, buscaba el hueco para lanzar bocado al acosado motorista.

Estaba entre la mandíbula y la pared. Desesperado y visiblemente fatigado, el hombre vestido de negro descargó como pudo la palanca sobre el primero de los infectados. El garfio del extremo de la barra de metal entró en el cuerpo sin oposición, como si fuera una enorme garra curva de metal cortando mantequilla, haciendo un agujero de cuatro dedos de profundidad entre el cuello y la clavícula.

Al tratar de recuperar el arma, ésta se quedó enganchada en el hueso y su brazo izquierdo quedó extendido e incapaz de repeler un nuevo ataque. Como consciente de aquel  instante de indefensión, el infectado de atrás aprovechó para lanzarse  con todo su peso sobre el arrinconado superviviente.

El peso de ambos atacantes y el agotamiento acumulado le hicieron caer al suelo, dejando la palanca clavada en el tórax del bajito y obligándole a soltar momentáneamente el mango del hachilla para amortiguar la caída.

La costalada fue brutal  y casi se quedó sin aire por el impacto. Jadeando y zarandeándose como un pez fuera del agua, trataba de liberarse y tanteaba con la mano a ciegas intentando encontrar el mango del hacha. Mientras, unos dientes amarillentos le desgarraban la tela de la chaqueta a bocados, con una fiereza semejante a la del más sanguinario perro de presa.

La fibra blanca del acolchado de la chaqueta se desparramaba bocado a bocado por el suelo. El infectado se enfureció aún más al topar con las placas internas que protegía la columna vertebral, así que frustrado, o como quiera que se sientan esos hijos de puta, comenzó a arañar y palmotear el casco tratando de hincar el diente a la nuca.

Con un giro sobre sí mismo, el superviviente consiguió rodar hacia un lado y coger el hacha. El infectado de la cara quemada se lanzó hacia él para ponerse de nuevo encima, con tanta prisa que gateaba y se arrastraba para alcanzarlo. Fue entonces cuando el motero vio su oportunidad y desde el suelo lanzó un hachazo contra la cabeza de la criatura, entrándole el acero entre los huesos astillados de la frente y clavándose hasta el mismo astil del arma.

-¿¡¡¡Dónde estás!!!?- Gritaba angustiado hacia ninguna parte, esperando escuchar alguna respuesta desde la lejanía, algún signo de vida que hiciera valer la pena aquel suicidio casi seguro.

Entretanto, el infectado pequeño, con la palanca colgando del pecho, ya se había abalanzado contra él, cogiéndolo con la guardia baja y el arma en la cabeza de su compañero. Forcejeó con el infectado encima de su pecho, como si éste intentara asfixiarle con su peso.

El motorista luchaba por mantenerse alejado la cabeza, y la criatura por su parte simplemente se preocupaba por lanzar dentelladas a cualquier miembro de su cuerpo que tuviera al alcance.

El cansancio y el hambre hacían mella en el superviviente, y pronto los músculos de los brazos comenzaron a ceder y a  temblar, avisando de que el límite de sus fuerzas estaba cerca. La boca abierta se le acercaba lenta pero inexorablemente, cada vez más, y para colmo una mezcla de saliva y sangre negruzca le goteaba sobre la pantalla del casco empeorando aún más su visibilidad.

Desesperado, comenzó a dar cabezazos contra el rostro del infectado en un último intento por quitárselo de encima, mientras gritaba todo tipo de insultos y maldiciones para dar salida a la tensión y a la adrenalina acumuladas.

El desfiguramiento de la cara, la nariz rota y varios dientes partidos a cabezazo limpio no frenaron ni un poco siquiera los embates de aquella criatura, que lejos de retroceder, consiguió atenazarle el cuello con una mano rápida y contundente.

Falto de aire y de fuerzas echó una mano a la palanca y comenzó a moverla violentamente en círculos dentro del cuerpo del infectado, sin conseguir extraerla ni causarle dolor.

Tarde o temprano, el infectado acabaría encontrando alguna abertura en la chaqueta, haciéndola él mismo o arrancando algún guante a base de mordiscos. La suerte estaba echada y puede que sólo le esperara convertirse en una de esas cosas que le estaba matando. -Jodidamente irónico-, pensó casi resignado.

Había llegado hasta la casa, había entrado a las bravas, y se había liado a golpes contra todos los infectados del interior. Había peleado con valor y con fiereza. Con la fiereza del perro acorralado, y el valor del hombre desesperado por salvar a alguien que le importa. Había aguantado mordiscos, trompazos y zarpazos gracias a las improvisadas protecciones, había roto varios cráneos y  desparramado sus sesos por paredes y suelos.

Incluso había matado a su propio amigo, Coletilla, cuando arrastrándose con la pierna colgando y los ojos inyectados en sangre, éste había tratado de cazarle como el resto de infectados. Pero no iba a llegar más lejos, el último infectado de la casa le había ganado el pulso y Estela no había dado señales de vida. Desesperanzado, sólo le faltaba ver el desenlace final de la siniestra historia que protagonizaba.

Fue entonces cuando una figura esbelta salió velozmente del armario, y lanzando algo hacia él todo se sumió en la oscuridad.

Estela había decidido salir, atrapado momentáneamente al infectado al cubrirlo con una gruesa manta de lana, apartándolo de su exhausto y desconcertado amigo. Y sin darle tiempo a liberarse de la ocurrente red, desclavó el hacha de la cabeza del quemado y comenzó a dar hachazos frenéticamente hasta que la manta no se movió más. Nunca más.

…………………………………………………………………………………………..

-Eres tú- Balbuceé sin saber si creerme lo que veían mis ojos, mientras me quitaba el casco para ver con más claridad y corroborar que no me lo estaba imaginando.

-Has venido- Me contestó ella emocionada. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y una sonrisa radiante dibujada en su preciosa boca. La hubiera besado en ese instante mismo si hubiera tenido fuerzas para levantarme.

-Te dije que siempre cuidaría de ti - sonreí tratando de recobrar el aliento y de incorporarme. Mientras el aire me llenaba los pulmones de nuevo, yo la miraba con los ojos muy abiertos. Verla viva compensaba con creces cualquier locura.

Estela me ayudó a levantarme y se giró impaciente hacia la puerta de la habitación.

-Tranquila, ése era el último – Dije señalando con un gesto de la cabeza hacia el embrollo de carne y lana que había a mi derecha.  Al escuchar aquellas palabras se tranquilizó un poco e hizo ademán de abrazarme, aunque la disuadí al darme cuenta de que estaba empapado de sangre negruzca hasta los huesos.

-No hay tiempo para hablar, tenemos que irnos, la moto está en marcha ahí afuera-.

Y tras recuperar la palanca de debajo de la manta, con las respectivas náuseas, le presté el hacha a Estela y salimos al pasillo de la casa. Corrimos y dejamos atrás varios cuerpos, tres de ellos de ellos de nuestros propios amigos.

Fuera, el ruido del motor había llamado la atención de un par de infectados que caminaban hacia la fuente de sonora dispuestos a investigar. No les dimos tiempo a hacerse ilusiones. De modo que, en menos de lo que se tarda en decir “infectados” yo aceleraba con ganas, y los 500 centímetros cúbicos de una Suzuki azul y negra nos sacaban a Estela y a mí para siempre de Finestrat.

Y al salir de aquel pueblo fuimos dejando atrás escombros, casas y amigos. Amigos desaparecidos, pero que en el mejor de los casos yacerían muertos en algún rincón, y no pululando en busca de supervivientes que llevarse a la boca. Pero sobretodo, dejamos atrás el escenario de algunos de los peores momentos de nuestras vidas.

Aunque los sacrificios nobles de la gente a la que amábamos y su recuerdo, nos iban a acompañar el resto de nuestras vidas; cosa que con la muerte acechando a cada paso, bien podría tratarse de algunos meses, días, o tan sólo un puñado de minutos.

……………………………………………………………………………………….

3 Días después, en una gasolinera a 60 km al noroeste de Valencia:

Por fin habían encontrado algo de paz y seguridad. Un refugio. Tras varios días de carretera en dirección a Valencia, la ciudad más cercana, el paisaje se había ido volviendo más urbano poco a poco, pero los accidentes de tráfico, el silencio absoluto, los controles militares abandonados, y todo tipo de caóticos desperfectos eran una constante en cada pueblo y ciudad que recorrían.

Habían llegado a las cercanías de Valencia esperando encontrar supervivientes, algún punto en el que hubieran detenido el avance infección, pero nada más lejos de la realidad. A medida que se acercaban a las grandes zonas pobladas se topaban con más y más infectados. Esto les hizo desistir del intento de entrar en la ciudad, que se antojaba un lugar silencioso y muerto, pero que seguramente cobraría una peligrosa actividad si se acercaban demasiado.

Visto lo visto, la prioridad era encontrar combustible lejos de alguna gran población, y comida y agua, puesto que no habían comido nada desde poco después de abandonar Finestrat.

Pero ahora allí estaban. En un área de servicio de una antigua carretera nacional en desuso, con la tienda de la gasolinera llena de comida y todo el combustible que pudieran desear. No estaban cerca de ningún pueblo, pero aún así tomaron algunas precauciones.

Atrancaron verjas, puertas y ventanas y corrieron las cortinas para no llamar la atención desde fuera. Dejaron el depósito de la motocicleta lleno y prepararon dos mochilas llenas de víveres al alcance de la mano, por si las moscas. Una vez asegurado el refugio comieron y bebieron hasta hartarse, se lavaron, se ducharon y disfrutaron juntos de los primeros instantes de relativa calma y seguridad, acostados en un sofá del cuarto de empleados. Durante un par de horas los besos y las caricias fueron su única preocupación.

Esa noche, Estela encontró una radio a pilas y tras un rato girando la ruda del dial una emisión en español se coló donde antes sólo se escuchaba estática.

…….jados de las zonas pobladas, repetimos: manténgase alejados de las zonas pobladas. El nuevo gobierno recuerda que debido a un cambio en el virus……………, es de vital importancia que ante individuos con los siguientes síntomas…………………antengan alejados usted y el resto de super………Son aún más………No importa que fueran sus amigos o familiares, y sobretodo no importa lo que les digan o ………repetimos no importa lo que les cuenten, ya que se ha demostrado que………El gobierno de la ONU recuerda que se sigue investigando para hallar una………… Dios ampare………

Y después sólo estática. Buscaron otra emisora, pero no hubo suerte.

-¡Puede que aún haya gente normal viva por aquí, y sobretodo un gobierno que siga coordinando a los supervivientes y que nos rescate! Tenemos que escuchar el mensaje sin interferencias, tal vez den alguna dirección, algún lugar a donde dirigirnos- Comentó Estela ilusionándose ante aquella maravillosa posibilidad.

-No quiero que te hagas demasiadas ilusiones, tal vez sólo sea una grabación. De todas formas estas radios son poco potentes, mañana buscaremos otra mejor y trataremos de volver a sintonizarla-  Comenté tratando de no ser demasiado pesimista, mientras dejaba el aparato en una mesilla.

En ese momento oímos el ruido de las verjas de la entrada principal y nos miramos con el corazón encogido por el sobresalto. Me puse la camiseta y cogí el hacha y una linterna mientras Estela se vestía también a toda prisa.

-Joder viene de ahí afuera, se está moviendo mucho, no es el viento.- Dijo mientras cogía las mochilas de emergencia.

Acojonado, salí hacia el mostrador y me escondí tras un estante de aceites de motor desde el que se veía la puerta principal de acceso a la tienda, justo después llegó Estela con una barra de metal y la mochila   que me tocaba cargar.

Eran dos, pero se comportaban de forma extraña. Estela me apretó fuerte el antebrazo, yo también tenía miedo. Llevaba las llaves de la moto siempre conmigo, en el bolsillo derecho, pero ésta estaba aparcada justo delante de la puerta de la tienda y no podíamos salir por allí.

Nos acercamos un poco más. La luna, casi llena, iluminaba la noche con bastante claridad, y la visibilidad era buena cuando no se cruzaba ninguna nube por delante del satélite. En una de esas, una de las nubes se quitó de en medio y pudimos ver el exterior con más detalles.

Había un hombre y una mujer, pero enseguida nos dimos cuenta de que algo no encajaba, el hombre  empujaba la verja tratando de abrirla, y la mujer lanzó una patada furiosa y resignada al ver que no había forma de abrir aquello sin algo para forzarlo. Pero lo más sorprendente fue ver cómo se miraron uno al otro, se dijeron algo que no entendimos del todo y se abrazaron. Después el hombre empujó a la mujer hacia arriba, ayudándola a subir por la reja para que llegara a la ventana de arriba.

Eran supervivientes. Estela me dijo que teníamos que asegurarnos de si iban armados antes de abrirles, así que nos acercamos un poco más todavía.  De repente el hombre se dio media vuelta y apuntó con una escopeta hacia la entrada de la gasolinera. Fuera, al menos una decena de figuras corrían hacia él con salvajes intenciones.

-¡Joder, van a  matarle!- Me susurró la italiana al oído clavándome las uñas en el antebrazo.

-No podemos hacer nada- Contesté sin apartar la mirada de aquél desgraciado que estaba apunto de morir.

Le atacaron tres a la vez, cada uno por un lado. La escopeta escupió plomo tres o cuatro veces, derribando a dos de ellos. El tercero consiguió aferrarlo unos segundos mientras el resto de infectados corría a decantar la balanza. Seis contra uno, el hombre cayó a los pies de la entrada, y media docena  de seres aullantes ahogaron los gritos de dolor con sus aullidos de celebración.

Horrorizado comencé a gatear para alejarnos. Si nos descubrían estábamos jodidos. De repente Estela me apretó de nuevo el brazo para que me girara, ésta vez con más fuerza todavía.

Fuera, una figura grande se aproximaba caminando, y el resto de infectados le abrían dócilmente paso hasta la comida. A pocos metros de la puerta, el recién llegado aceleró la marcha y saltó encima del hombre aún moribundo, y una vez encima le arrancó un pedazo de carne del cuello de un mordisco.

Sus ojos negros se cerraron mientras paladeaba el bocado, su piel era pálida, tan pálida como los mismos rallos de luna que la bañaban. Vestía unos pantalones vaqueros y una chaqueta de piel marrón a medio abrochar.

Uno de los infectados que había derribado al hombre de la escopeta se le acercó torpemente, casi tambaleándose.

-Falta la mujer que le acompañaba, pero aquí olemos al menos a dos supervivientes, deben de estar dentro.- Le dijo el infectado al hombre de la chaqueta marrón. Éste tragó la carne, se relamió la sangre y lanzó un puñetazo demoledor contra la cara del que había le hablado.

-Sabéis que soy yo el que da el primer bocado.- Dijo mirando a los ojos negros de su subordinado, refiriéndose al hombre de la escopeta que yacía inmóvil desangrado a un par de pasos.- Quiero a esos otros dos que quedan, y los quiero vivos para matarlos yo mismo.

FIN ?

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