Udol (oskarvlc87) wrote,
Udol
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ENTRADA 47: El dolor de la supervivencia.

ENTRADA 47:  El dolor de la supervivencia.

 

 

-¿Qué coño ha pasado ahora? ¿Quién ha hecho esos disparos?-Se preguntaba Capo en voz alta mientras recobrábamos el aliento.

 

Era como pensar en voz alta, ya que naturalmente yo tampoco sabía la respuesta a todos aquellos interrogantes que se nos abrían ahora. ¿Hay más supervivientes? ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Cómo haremos para volver a la casa de Joan?...demasiadas preguntas, tantas que me abrumaban y me hacían sentir pequeño y frágil.

 

-Hay que volver, tal vez por donde entramos…- insinuó mi amigo señalando al pasillo que llevaba al otro extremo de la casa.

 

No sabíamos qué hacer. El walkie de Joan continuaba apagado y  decidimos probar suerte y bajar por el balcón del dormitorio por el que accedimos, tal vez esa calle estuviera despejada.

 

Sin perder ni un segundo dejamos el garaje, las herramientas y la moto y volvimos a entrar al comedor. El olor de la comida echada a perder en la mesa volvió a parecerme muy molesto. Caminamos por el pasillo con los bastones fuertemente cogidos. Eran nuestra única defensa, los empuñábamos como espadas de madera, desenvainadas, listas para golpear a cualquier amenaza que surgiera de entre las sombras o tras las esquinas.

 

Pero, afortunadamente, llegamos a la escalera sin sobresalto alguno. Subimos de nuevo contemplados por los familiares de las fotografías y los cuadros, con sus rostros felices, sonrientes y ajenos a la locura que recientemente se había desatado en el mundo. A medida que llegábamos arriba se hacía más oscuro y así, escalón a escalón, nos adentrábamos en la negra boca del lobo.

 

El dormitorio de matrimonio seguía igual de desordenado que cuando habíamos llegado a él unas horas antes, lo cuál, por supuesto, tampoco nos sorprendió en absoluto. Con cautela, pero a la vez impacientes, nos apresuramos para inspeccionar este lado de la calle. Premio, al menos diez de esas cosas se veían desde el balcón, y todas corrían hacia el mismo sitio, que para colmo de la mala suerte era precisamente hacia donde teníamos que ir nosotros.

 

Parecía que tendríamos  que volver a intentar salir por el garaje cuando se me ocurrió que tal vez podríamos cruzar de casa en casa por la terraza. Era probable que algún tejado se hubiera derrumbado con el bombardeo, pero podíamos probar suerte.

 

Dicho y hecho, Capo y yo salimos de nuevo al pasillo y empezamos a subir el tramo de escaleras que conducía al segundo piso. Al llegar nos dio la bienvenida un pasillo idéntico al de la primera planta pero mucho más iluminado. Al final del corredor había una ventana por la que ondulaba una cortina amarillenta al ritmo de las corrientes de aire.

 

La escalera había terminado su recorrido, por lo que supusimos que la puerta metálica que había en el extremo opuesto a la ventana comunicaba con el exterior. Al llegar, descubrimos que estaba cerrada con llave.

 

-Joder, no damos una- Dije malhumorado forcejeando con el paño, que a su vez se resistía tercamente a  dejarnos libre el paso. Empeñados como estábamos en salir al exterior, acordamos registrar las demás habitaciones en busca de una llave o de algo útil para abrir la puerta.

 

La siguiente estancia resultó ser una despensa con fruta y botellas de vino perfectamente apiladas, pero nada útil para forzar un paño.

 

-Tal vez deberíamos abrir una de esas botellas, a lo mejor se nos despierta el ingenio con unos tragos.- Comentó Capo con una risilla. Por lo menos él se lo tomaba con algo más de humor, dentro de lo posible.

 

Fue al abrir la siguiente puerta cuando me entraron las arcadas. El olor que salía de allí me hacía daño en la mismísima pituitaria, las emanaciones de un montón de carne sanguinolento nos inundaban la nariz y el paladar, tanto que juraría que tenía uno de esos trozos humanos negruzcos en la boca.

 

Mientras me llevaba una mano a la nariz,  aferré con fuerza el garrote por si algo, de repente, se movía hacia nosotros. Nada, todo lo que había en el cuarto estaba muerto y bien muerto. Capo corrió a abrir la ventana, yo aproveché para abrir la puerta de par en par y favorecer que se ventilara la estancia.

 

Al volver a mirar al cuerpo reconocí algún tipo de prenda de ropa hecha jirones y unos zapatos de tacón al final de unas piernas a medio devorar. El cadáver yacía a los pies de una mesa repleta de papeles. No había signos de lucha, aparte del charco de sangre que rodeaba al cuerpo como si lo señalizara de color rojo oscuro.

 

-Se la han comido tío.-Murmuró capo tan estupefacto como yo.

 

De la mesa me llamó la atención un sobre alargado en el que se podía leer en tinta negra la siguiente frase escrita a mano: “Manuel, te quiero” .Intrigado, inundado por la curiosidad cogí el sobre y leí en voz alta la carta que contenía.

 

“Cariño, te necesito tanto… ojala estuvieras aquí. El mundo se ha vuelto loco y no sé qué hacer sin ti. Intentamos reunirnos contigo como acordamos la última vez que hablamos por teléfono, pero los soldados no dejan salir a nadie a la calle bajo ningún concepto.

 

Hemos hecho tarde, te he fallado. Todo pasó  mientras intentábamos llegar al coche para escapar, iba con mi hermana y nuestro hijo cuando una de esas cosas nos atacó. Mordió a Ana, y ella  enloqueció al instante y atacó a Javier como si no lo conociera de nada, como si no fuera su sobrino querido.

 

Por suerte pude coger al niño y volver a casa dejando a  mi hermana atrás. Pero es no es todo, Javier ha enfermado, lleva toda la mañana golpeando la puerta del despacho, no consigo localizar a ningún médico. Tengo miedo, no quiero abrir, pero no puedo dejarlo solo, es nuestro niño.... Sabes que te quiero, sabes que te quiero más que a mi vida y que te querré siempre… voy a abrir“

 

La voz se me quebraba con las últimas frases de la carta. Al parecer Manuel no había llegado a tiempo para evitar la tragedia, tal vez simplemente era inevitable. Lo más probable era que el tal Manuel ahora mismo pululara por ahí convertido en una de esas pesadillas andantes, y aunque sabía que con toda seguridad nunca leería la carta, volví a meterla al sobre y la dejé exactamente en el mismo sitio.

 

En ese justo momento el walkie que ahora llevaba Capo encendido se puso a sonar, pero no fue eso lo que me dio un susto de muerte. Bajo la puerta de la entrada, una silueta de menos de un metro y medio de altura nos contemplaba mientras resoplaba con furia.

 

-¡Capo detrás de ti! – Al tiempo que mi amigo se giraba, la pequeña silueta se abalanzó sobre él con fiereza inaudita. En un movimiento de rápidos reflejos Capo acertó a  cogerle uno de los brazos y apartarse de su acometida. Eso me dio el tiempo justo para saltar por encima del cadáver y golpear con el garrote las costillas del niño.

 

Ponía mi mano en el fuego a que llamaba Javier, pero no era el momento de pensar en eso. Como insensible al dolor el pequeño monstruito se sacudía para liberar su brazo y daba dentelladas al aire en dirección a Capo.

 

-¡Hijo de puta! ¡Quítamelo joder! – Gritaba capo mientras zarandeaba al infectado.

 

Sin saber muy bien que hacer, optó por empujar al niño para alejarse de los zarpazos que lanzaba a diestro y siniestro. Entre gritos y alaridos el cuerpecito salió despedido contra la pared y su cabeza impactó en el ladrillo con un sonoro “clack”.

 

Al instante, de nuevo ajeno al dolor, volvió a mirarnos con aquella expresión de odio infinito, con aquellos ojos inyectados en sangre y volvió a gruñir como una bestia, hasta que el extremo del garrote le rompió la mandíbula y le hizo saltar varios dientes.

 

La imagen era dantesca. Tenía la mandíbula muy abierta, pero no porque nos estuviera amenazando con mordernos como antes, ahora la tenía colgando, inservible, inerme. Aun así, seguía aullando amenazadoramente y volvió a incorporarse para cargar de nuevo.

 

Sentía la necesidad de acabar con ese peligro, todas las alarmas de mi ser se habían desencadenado y supongo que, guiado por mi instinto de supervivencia, la  madera del garrote volvió a trazar un arco en el aire, transmitiendo toda la potencia del giro de la cadera y de los músculos del brazo al extremo de la madera y desatándose contra su cabeza.

 

El palo del bastón no era demasiado grueso y se partió por la mitad, pero el golpe partió también los huesos del infectado, desparramando una masa grisácea por la pared y por el suelo. Instantes después el cuerpo caía como un fardo inanimado.

 

-¿Estás bien? –Pregunté a mi amigo con el palo roto aún en la mano. Pese a no abrir la boca su respuesta me dejó helado. Ahí estaba mi amigo Capo, sujetándose el brazo derecho a la altura de la muñeca, observando cómo brotaba la sangre desde el agujero que tenía en el dedo índice. Su mirada me rompió el alma, sabía lo que significaba todo aquello, y bastó una mirada para comunicarnos miles de palabras en apenas una fracción de segundo.

 

-No puede ser- dije profundamente abatido. En el suelo el walkie seguía sonando insistentemente sin que nadie le prestara atención, en segundo plano.

 

-¡Sal de la habitación ahora mismo!- Me ordenó con un grito mi amigo apartándose de mí. – Es cuestión de unos segundos.

 

-Lo siento mucho- Musité mientras cogía el walkie del suelo. Con un nudo en la garganta y un camino de lágrimas por las mejillas, cerré la puerta y salí del cuarto. Todo me daba vueltas, no podía perder a otro amigo. De repente todo me pareció más oscuro, no tenía esperanza.

 

- ¡Márchate!, ¡tienes que ayudar a Coletilla y a los otros!, ¡Prométeme que los sacarás de aquí!- Me gritaba capo sabiendo que yo aún estaba al otro lado de la puerta.

 

-No puedo joder…- Me dije a mi mismo derrumbándome literalmente al otro lado de la puerta. Momentos después se hizo el silencio, un doloroso e hiriente silencio. Sabía lo que estaba pasando pero me daba miedo confirmarlo. Al final con un esfuerzo titánico reuní fuerzas para llamarle de nuevo.

 

-Capo…. tío, dime que estás ahí. -La respuesta vino en forma de trompazo contra la madera de la puerta. Después se intercalaron los aullidos, los golpes y los choques.

Me levanté tambaleándome y bajé las escaleras corriendo. Corrí hasta la planta baja y me dirigí al garaje, cerrando todas las puertas que encontraba a mi paso, temiendo que me siguiera y tuviera que enfrentarme a mi propio amigo… o a lo que había sido mi amigo.

 

Al llegar al garaje atranqué la puerta metálica y respiré aliviado. No parecía haberme seguido y además era imposible que rompiera la puerta de acceso. La cabeza me daba vueltas y los sollozos me entrecortaban la respiración.

 

El walkie empezó a sonar de nuevo, así que apreté el botón y escuché el mensaje de una voz que había cambiado su dulce acento italiano por un tono de terror extremo. Entre los sollozos y el bajo volumen con que hablaba me costó  un mundo entender a la pobre Estela.

 

Era una llamada de auxilio angustiosa. “Todos han muerto, estoy escondida en un armario, ayudadme por favor”. Una losa de peso infinito me oprimía el pecho y no me dejaba respirar. Me ahogaba con las malas nuevas.

 

Hice de tripas corazón y traté de tranquilizarla, le pedí que me contara lo que había ocurrido pero la comunicación se cortó de forma abrupta con un “están aquí, por favor no me dejéis sola”. No quería creerla, no quería que fuera verdad, en cuestión de minutos había perdido demasiado. Me quedé en shock, ni siquiera me atreví a llamar de nuevo, era peligroso, no podía comprometerla.

 

Estaba asustado y perdido, no sabía qué hacer ni por dónde empezar. Sólo sabía que tenía que levantarme y luchar para no perder a la última persona que me quedaba en el mundo.

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