Udol (oskarvlc87) wrote,
Udol
oskarvlc87

ENTRADA 46: Galopada angustiosa.

ENTRADA 46: Galopada angustiosa.

 

El tiempo pasaba endiabladamente despacio entre los cuatro neumáticos. Los dos individuos ensangrentados  hacían guardia en los alrededores del vehículo, sin alejarse mucho de nosotros. Los minutos trascurrían perezosamente, sin brindarnos ninguna oportunidad clara de escapatoria.

 

Durante la aburrida y tensa espera pensé en nuestros amigos, pero era muy peligroso encender el walkie para pedir ayuda o simplemente decirles que aún estábamos con vida, que aún luchábamos, que nos esperaran.

 

Les veíamos los pies todo el rato, ellos percibían que estábamos cerca, pero nosotros sabíamos donde estaban en cada momento, conocíamos a dónde les llevaban sus erráticos pasos, pero por desgracia, cuando empezaban a deambular y se nos abría una pequeña esperanza de que se alejaran, siempre acaban volviendo para acecharnos.

 

Puede que lleváramos varias bajo la furgoneta. En todo ese tiempo habíamos diseñado un rudimentario plan de escape mediante gestos y miradas, sin siquiera atrevernos a susurrar unas pocas palabras. Era un plan rudimentario, infantil y facilón, pero era lo único que teníamos y no queríamos que la noche nos sorprendiera a la intemperie.

 

Cogí un frasco de jarabe de cristal del interior de la mochila. Creo que era jarabe para la tos. La idea era sacar el brazo discretamente por uno de los laterales y lanzar el frasco con fuerza, hacia una verja metálica cercana para hacer el mayor ruido posible. Teníamos la esperanza de que el cebo atrajera a los infectados hacia la farmacia y aprovechar esos metros de ventaja para correr hacia la casa de Joan.

 

Era simple, peligroso y arriesgado, como todo lo que veníamos haciendo los últimos días, pero algo había que hacer. Nuestro refugio estaba cerca, con suerte los dos infectados no se percatarían de nuestra fuga y nos daría tiempo a llegar, el problema era que el jaleo atrajera a algún infectado más, pero era un riesgo con el que había que correr, tendríamos que confiar de nuevo en la suerte y sobretodo en nuestras piernas.

 

Llegado el momento saqué medio torso de debajo de la furgoneta, miré a mi amigo y lancé el frasco con todas mis fuerzas desde el lado contrario al que estaban los hombres ensangrentados. La botella de etiqueta roja voló con trayectoria ascendente y, describiendo una parábola, se acabó estrellando con un estallido de cristales.

 

Los infectados movieron sus pies de repente hacia aquella nueva fuente de ruido, puede que pensando que lo había provocado algún ser vivo, o tal vez les atrajera el olor de aquél brebaje que se desparramaba por los ladrillos, el caso es que Capo y yo nos arrastramos fuera de la furgoneta y en un instante estábamos agazapados listos para correr hacia nuestro objetivo.

 

Teníamos las piernas medio entumecidas por la larga espera y las posturas forzadas, pero la adrenalina ya corría por los músculos y estábamos apunto para salir disparados. Fui yo quién dio la primera zancada en el momento justo en que se escucharon disparos de escopeta muy cerca. Como si fuera el sonido que ordenaba abortar la misión, nos echamos al suelo y nos agazapamos tras la furgoneta espiando a los infectados por debajo.

 

Seguir corriendo hacia casa de Joan era un suicidio. Si el jarabe les había llamado la atención ahora los disparos eran como la llamada para recoger la merienda en las puertas de un colegio. Por suerte corrían tanto que no repararon en nosotros, había que tomar una decisión rápida y tras apenas cuatro palabras corrimos como alma que lleva el diablo en dirección opuesta a la casa de Joan. Corrimos hacia la farmacia.

 

Las piernas no me respondían tan bien como estaba acostumbrado, pero la distancia era corta y el miedo que nos empujaba muy grande. Estábamos llegando a la puerta del garaje que dejé entreabierta cuando una mujer que corría a zancadas hacia el lugar de los disparos nos vio de frente. Nuestra única escapatoria era llegar al garaje antes que ella. Correr hacia aquella mujer hacía que saltaran todas las alarmas de peligro de mi cuerpo, corría hacia nosotros y nosotros hacia ella, nos acercábamos muy rápido, de frente, como dos trenes apunto de chocar.

 

La carrera duró siete u ocho segundos, pero la angustia que nos atenazaba hizo que el tiempo corriera despacio, alongando la duración y la incertidumbre, ralentizando nuestros latidos. A punto de llegar, Capo me adelantó por la derecha y abrió la puerta un instante antes que yo, así que me colé, me arrojé dentro y caí a los pies de la motocicleta mientras escuchaba el portazo que dejaba fuera a nuestra perseguidora. “Que te jodan” pensé tendido boca arriba mientras notaba los latidos en el pecho y en la sien.

 

Los disparos sonaron de nuevo amortiguados por las paredes del garaje y la infectada enseguida dejó de aporrear la puerta, seguramente corriendo ahora hacia aquella posible presa. Tras una breve pausa para recuperar el aliento llamamos a nuestros amigos con el walkie. Una sensación desagradable inundó mi cuerpo ocupando el lugar de la adrenalina, nadie respondía a nuestras insistentes llamadas y los disparos habían cesado por completo.


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