Udol (oskarvlc87) wrote,
Udol
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ENTRADA 45: Botín suculento.

ENTRADA 45: Botín suculento.

 

Metí la mano y accioné la manivela. La puerta del balcón se abrió hacia dentro, lentamente con un leve chillido de bisagras. Miré a Capo y entramos a la casa con cuidado, por debajo de las persianas a medio bajar.

 

Era un dormitorio amplio y con mobiliario antiguo. La cama deshecha ocupaba el centro de la habitación, y en frente había un armario de estilo clásico con las puertas abiertas y los cajones revueltos. A medida que la vista se acomodaba a las penumbras fuimos descubriendo más matices y detalles; botecitos destapados en la cómoda, ropa tirada por el suelo, un teléfono descolgado en la mesilla de noche…

 

Inspeccionamos el dormitorio en y caminamos en dirección a la puerta, callados, mudos, comunicándonos con gestos y aspavientos. Al asomarme al pasillo comprobé que el interior de la casa estaba aún más oscuro. Encendí un instante el walkie y lo puse en el canal 4 para decir a Joan y a las chicas que habíamos llegado de una pieza. Tras la breve charla lo apagué y volví a guardarlo en la mochila para no pulsar ninguna tecla por accidente.

 

-Tendremos que bajar- Susurré hacia la figura de Capoira, que husmeaba dentro del armario.

 

-Vale, vamos hacia abajo. Cuanto antes terminemos mejor.- Me contestó dejando claras sus ganas de volver a nuestro refugio.

 

Apenas había dado dos pasos hacia mí cuando golpeó  algún tipo de recipiente de vidrio, el cuál se precipitó al suelo rompiéndose en pedazos y dándonos un susto de muerte. Le fulminé con la mirada.

 

-Joder tío, no pasa nada…- Comenzó a disculparse- … aquí no hay nadie. – Y al tiempo que terminaba de pronunciar aquellas palabras, en el piso de arriba se escuchó un ruido metálico, como si se hubieran caído media docena de sartenes al suelo.

 

Nos quedamos lívidos. No podía verle el tono de la piel con claridad, pero juraría que en aquel momento, había un rostro pálido y asustado bajo la barba desastrada de cinco días sin afeitar. Me llevé la mano al bolsillo trasero del pantalón y saqué  el cuchillo mientras me pegaba a la pared como una sombra.

 

No escuchamos pasos, ni gritos ni los aullidos característicos de esas cosas ni ningún signo de movimiento. “Probablemente sólo sea un gato” dijo Capo en tono tranquilizador. Por un momento se me pasó por la cabeza la idea de salir pitando de aquella casa desconocida, pero la deseché con rapidez, no nos habíamos jugado el culo para volver con las manos vacías.

 

La idea era bajar y coger todo lo que pudiéramos y salir de allí en pocos minutos. Con el corazón desbocado seguí a Capoira hacia el pasillo. Al parecer las persianas de todas las habitaciones estaban  bajadas y por ninguna de ellas entraba casi luz. Llegamos a la escalera conteniendo la respiración, si había algo arriba estaba subiendo esos escalones.

 

Bajamos las escaleras bajo la atenta mirada de las decenas de fotografías que colgaban de las paredes, todo estaba quieto, silencioso, sólo se escuchaban nuestros pasos amortiguados por las suelas de goma de las deportivas y algún que otro crujido de cristales que nos ponía la piel de gallina. De vez en cuando mirábamos hacia arriba inquietos.

 

Al llegar abajo había más luz y además se percibía cierto olor desagradable, pero no le dimos importancia. A mano izquierda vimos una puerta de aluminio blanco acristalada, tenía toda la pinta de separar las dependencias del negocia del resto de la casa. Entramos y llegamos a lo que parecía el pequeño almacén de la farmacia. Cuatro estanterías de aluminio llenas de frascos y cajas, pañales y tarros con etiquetas.

 

Sin subir mucho el tono de voz le dije a Capo que lo primero era comprobar la estancia. En el pequeño almacén saltaba a la vista que no había nada extraño, pero por la pared de enfrente se abría un nuevo pasillo. Nos dirigimos hacia él y tras recorrerlo llegamos al mostrador de la tienda, dónde hacía apenas unos días alguien despachaba aspirinas y analgésicos con total normalidad. Delante de nosotros estaba la ventana enrejada por la que habíamos trepado al primer piso. La puerta estaba cerrada a cal y canto y no había nada sospechoso, así que nos pusimos a buscar antibióticos y demás elementos de la lista.

 

Cargamos la mochila con varias cajas de pastillas, alcohol, vendas, vitaminas y cereales para niños. Procuramos deshacernos de los envases para ahorrar espacio y cargar sólo con lo imprescindible y así, en pocos minutos, tuvimos la mochila y los bolsillos llenos. Durante un instante miré a la caja registradora, íbamos a irnos sin pagar, pero no creo que al dueño le importara demasiado.

 

 

La primera parte del plan estaba cumplida, ahora tocaba regresar con el botín, pero ahora no teníamos tanta suerte como al llegar. Desde la ventana enrejada se veía un par de infectados deambulando sin rumbo por las cercanías. Demasiado arriesgado para salir en ése momento. Capo sugirió seguir explorando el piso para ver si había alguna otra salida, de modo que nos encaminamos de nuevo hacia la escalera para recorrer la otra parte de la casa, no sin antes echar mano a unos bastones de madera que habían en un expositor para la venta, cogimos los más grandes.

 

Con nuestras nuevas armas en la mano salimos de las dependencias de la farmacia. El olor desagradable volvió a inundarme la pituitaria. Descubrimos una cocina casi vacía y un salón con restos de comida en mal estado, desde luego la casa era grande, tres alturas, vivienda y negocio en el mismo edificio. Ahora el olor era más intenso, más penetrante.

 

Seguimos caminando y llegamos al garaje. Era el típico garaje familiar, con el espacio justo para guardar un coche, la lavadora, una escalera y algún que otro trasto más. Pero ahora no había coche alguno, en su lugar había aparcada una preciosa Harley Davison negra, con un largo asiento de cuero y flecos colgando a ambos lados del manillar, una preciosidad, lástima que no pudiéramos arrancarla y desaparecer para siempre.

 

Pero no todo eran malas noticias, como es natural el garaje sí que tenía acceso al exterior, de modo que abrimos con cuidado la puerta que daba a la calle y nos asomamos. Debía ser la calle paralela  a la que habíamos tomado para llegar, así que la casa de Joan estaba hacia la izquierda. Como no había infectados a la vista decidimos que era una buena oportunidad para volver escurriéndonos entre los coches y portales.

 

Respiramos hondo y salimos al exterior dejando la puerta del garaje entornada por si necesitábamos volver con rapidez. Ésta vez yo iba delante, caminando encorvado con la mochila en la espalda y el bastón de madera agarrado con fuerza en la mano izquierda. Estábamos cerca de la casa de Joan, en condiciones normales habría sido un paseo de menos de dos minutos, pero ahora que avanzábamos de escondrijo en escondrijo el camino se me hacía largo y la sensación de vulnerabilidad me oprimía la boca del estómago.

 

Todo iba bien hasta que dos de esas cosas salieron del interior de un bar. Eran Dos hombres, uno calvo y  más viejo y el otro alto y vestido con traje militar, ambos manchados de sangre reseca. Nos agachamos detrás de la furgoneta mirándonos con preocupación. Capo se asomó por un lateral y al girarse me señaló con urgencia los bajos del vehículo, venían hacia nosotros.

 

Con el corazón desbocado me tumbé y traté de colarme debajo de la furgoneta   mientras me sacudía como un pez para quitarme la mochila y poder entrar. No tuve tiempo ni de sacar la mano para meter la mochila conmigo, unas botas militares llenas de barro y unos zapatos sucios daban ya pasos justo por donde estábamos  acuclillados diez segundos atrás. Su respiración silbante y un ruido de pies arrastrándose, sin alejarse demasiado de la furgoneta, eran nuestra ahora nuestra compañía. Joder era como si supieran que estábamos allí.

 

Temblando y paralizado de terror miré a mi amigo y Capo me devolvió la mirada con expresión petrificada, la misma cara que ponía yo bajo los dos mil kilos de metal que nos ocultaban de aquella pareja de criaturas, que de algún extraño modo sabían que había algo apetitoso cerca.

 

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