Udol (oskarvlc87) wrote,
Udol
oskarvlc87

ENTRADA 44: A hurtadillas.

ENTRADA 44: A hurtadillas.

 

-Repasemos el plan.- Le dije de nuevo a Capoira para asegurarnos de que estaba todo claro.

 

-No hay mucho que repasar… -me contestó cansado al tratarse de la tercera vez que repetíamos el recorrido.

 

-Nos jugamos el culo ahí afuera, tiene que estar todo bien claro.-Insistí- A ver, salimos y nos agachamos en el coche rojo, desde ahí iremos de uno en uno y de coche en coche hasta la esquina y si no hay cosas de esas la farmacia estaba nada más girar ¿no?- Tras confirmarme Joan por tercera vez que la farmacia seguía estando al girar la esquina seguí hablando-  Tu subirás primero por la reja de la ventana y desde arriba pasarás al balcón, luego subiré yo.

 

Hablando claramente, estoy acojonado. Joan decía que la farmacia seguía en pie porque desde la primera planta se veía la chimenea, emergiendo por encima de los tejados, pero aún sabiendo que probablemente nuestro objetivo no era un montón de escombros, no me hacía mucha gracia salir ahí afuera sin más armas que un diminuto cuchillo de cocina.

 

Llevo una mochila con la botella de agua y un paquete de galletas, por si acaso surge algún imprevisto, el walkie de Joan apagado en el bolsillo izquierdo de mis sucios pantalones vaqueros y el cuchillo en la mano derecha cuyo mango aprieto con fuerza.

 

Si todo sale bien volveríamos de la farmacia con antibióticos para un regimiento y otro montón de medicinas de uso frecuente que llevaba en una lista. Recé para que al llegar la chimenea no fuera lo único que quedaba en pie, y sobretodo para no encontrarnos con ningún infectado de camino.

 

Ya está. Estamos listos. Joan dice que no hay moros en la costa. Miro a Capoira y le descubro tan nervioso como yo. Desde el sótano aparece Mireia (por fin recuerdo el nombre de la gordita) y dice que Coletilla sigue sin mostrar mejoría. Trago saliva y me imagino la cara de mi amigo para reunir todo el valor que necesito para cruzar la puerta.

 

-Bueno Capo… ¡asaltemos esa farmacia! – Exclamo intentando animar un poco el ambiente, aunque con poco éxito y aún menos convencimiento propio.

 

Las chicas y Joan nos miran con tristeza. Joder no me gusta un pelo esta sensación, me da mala espina. Me dispongo a salir y Capo pone la mano en la cerradura.

 

-¡Espera!-  Justo antes de accionar la manivela Estela se adelanta, me estira de la mano y me besa. El corazón me late aún más deprisa. En este momento vendería mi alma al diablo con tal de no tener que separarme de ella.  Al apartar  los labios susurra algo que no llego a entender, quiero abrazarla y decirle que todo va a salir bien, pero tengo que salir ya o perderé la determinación para hacerlo.

 

-No tardéis en volver muchachos, ¡y traed todo lo que pueda ser de utilidad!, ¡si necesitáis algo usad el walkie!- Escucho decir a Joan mientras la puerta se cierra dejándonos en la calle. En la peligrosa, expuesta y desnuda calle.

 

Giro la cabeza de izquierda a derecha y descubro al final de la calle dos figuras tambaleantes. Menos mal que no nos han visto, y que además ésa no es nuestra dirección. Tras el primer vistazo corremos hacia el coche rojo y nos agachamos sin hacer el menor ruido.

 

Capo se asoma y al no ver peligro corre de nuevo hacia el siguiente coche, yo le sigo mientras me giro para confirmar que los dos infectados que veo a lo lejos siguen igual de tranquilos e inmóviles que antes. Al llegar a un Ford negro vuelvo a agacharme. Estamos un poco más cerca.

 

Los edificios de alrededor son casas típicas de pueblo, algunas viejas y otras más arregladas. Esta zona parece poco castigada por el bombardeo, la mayoría de edificios conservan su tejado, incluso algunos tienen cristales. Por encima de los tejados de enfrente veo la torre de la iglesia semiderruida.

 

Capo sale hacia el siguiente punto de cobertura, mientras él llega yo paso el dedo por la puerta del coche y trazo un línea en la capa de polvo que tiene depositado encima, sin duda fruto de las explosiones. Mi amigo me hace la señal y corro de nuevo.

 

El último coche está cerca de la esquina, paramos para comprobar que todo sigue despejado y enseguida sale Capo para echar un vistazo a la nueva calle. Se pega a la pared y se asoma. Al momento vuelve y me dice que no hay más coches en los que refugiarse y que ha visto varios infectados cerca, pero añade que la farmacia está a unos pocos metros y que parece fácil de escalar.

 

Visto la situación decidimos seguir adelante con sigilo y  tratar de llegar sin que se den cuenta de nuestra presencia. Voy con él hasta la esquina y confirmo lo que me había dicho, asiento con la cabeza y Capo corre hacia la ventana como habíamos acordado.

 

El tiempo pasa jodidamente despacio. Acaba de llegar y mientras pone los pies en los barrotes yo me giro a todos los lados como un poseso, imaginándome que un cuerpo ensangrentado me muerde al primer despiste. Ahora sé cómo se siente un ratón cuando corretea por el bosque. Indefenso.

 

Capo ha llegado a lo más alto de la verja y está cruzando ya al balcón. De pronto escucho el ruido de una lata y al girarme hacia donde veníamos descubro a una veintena de metros a un hombre barbudo, con camisa a cuadros y que parece mirar hacia uno y otro lado. Pero es la sangre reseca y su mandíbula desencajada las que me obligan a agacharme a toda velocidad. Espero que no me haya visto.

 

Vuelo a asomarme y Capo me hace señas desde el balcón. Miro atrás y veo como el barbudo comienza a andar hacia mí, el coche que tiene delante le impide verme agachado, pero entre los cristales le veo acercarse poco a poco, como si supiera que hay algo interesante al alcance de sus sucias manos.

 

Respiro hondo y, sin levantarme, giro la esquina para ponerme fuera de su vista, una vez al otro lado corro hacia la ventana. Qué momento más agónico. Veo a Capoira desde el balcón moviendo la mano rápidamente  para que me apresure y mientras yo recorro los metros a toda velocidad, no se si seguimos sin haber sido descubiertos o si me persiguen una decena de alimañas con la boca abierta y los brazos extendidos. Deseo girarme y ver si me siguen, pero hasta que no esté arriba no pienso perder un segundo.

 

Llego a la ventana, agarro los hierros y comienzo a subir. En cualquier otro momento me habría parecido fácil, pero con el corazón a punto de explotar y la adrenalina retumbando por cada rincón de mi cuerpo no acertaba ni a colocar los pies en su sitio. Afortunadamente no tuve ningún traspié patoso y al llegar a lo más alto de la reja no tuve más que extender el brazo para agarrarme a la barandilla metálica del balcón.

 

Con la ayuda de Capo, y procurando no cortarme con los cristales, me cuelo en el balcón de la farmacia y por fin miro atrás. Ningún infectado me perseguía, pero creo que aunque lo hubiera hecho no habría podido atraparme. La puerta del balcón estaba cerrada, pero los cristales estaban hechos añicos, no supondrían ningún obstáculo para dos ladronzuelos escurridizos como nosotros.

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