Agradecimientos, Despedida y Comentarios del final.

Agradecimientos, Despedida y Comentarios del final.

 

¡Hola a todos los Infectados! lo primero que quería decir es Gracias: gracias por estar ahí, por leerme semana a semana, por dejar vuestros comentarios y ánimos, y por tener mucha paciencia... Ha sido un placer escribir el relato, y otro tan grande o más que me leáis vosotros.

 

En cuanto al desenlace de la historia quiero comentar un par de cositas:

 

Lo primero es respecto a  que los infectados hablen, si os fijáis el mensaje de la radio deja entrever varias cosas: que el virus ha cambiado, que los nuevos infectados tienen otros síntomas (ojos negros y piel muy pálida), que son más peligrosos, que no importa lo que digan... precisamente por que hablan.

 

Sé que el mensaje está incompleto, obviamente adrede, porque así tenía más impacto cuando se descubriera que algunos hablaban. Y sí, es un cambio que afecta a algunos, sólo a algunos, y no desde el principio. Es difícil de pescar a la primera, pero ahora varéis como encaja todo.

 

Más cosas… Sí, el final es abierto (muy abierto, lo sé), a todos nos gusta, en general, que nos dejen las cosas bien atadas y saber quién vive, quién muere y por qué, pero he preferido hacerlo así. Lo bueno de todo esto es que algún día podría tener continuación. Ya me encargaría de ponerla en un par de páginas para avisar de que el blog “resucita con Infectados 2” (o algo así).

 

Sé que he dejado muchas cosas sin contar… la historia de Martín, la de Llovet y Carlos… esto lo he hecho porque quería revisar la historia desde el principio. Reescribirla con calma. Creo que he ido aprendiendo muchas cosas a medida que escribía (¡y las muchísimas que aún me quedan!) y que las últimas enteradas así lo reflejan.

 

De modo que pienso que el relato se merece otra oportunidad, cortar, pegar, reescribir de cero, añadir personajes y quitar muchos de los que no han tenido nada de protagonismo. Además de elaborar más los diálogos e introducir con más fuerza a varios personajes. Por todo esto creo que la historia es mejorable, no sé hasta que nivel, pero sé que puedo hacerlo mejor.

 

Respecto a la experiencia de escribir ha sido sencilla y llanamente GENIAL. Como he dicho arriba he aprendido un montón de cosas, por ejemplo que me encanta escribir y que hay gente genial dispuesta a dedicar su tiempo leyendo algunas de mis frases y párrafos, cosa que es estupenda.

 

Seguiré escribiendo, de otros temas, de los mismos, la continuación de Infectados, relatos cortos, o cualquier cosa que se me ocurra, pero antes de eso reescribiré  Infectados de principio a fin y cuando esté finalizada colgaré la versión final.

 

Menuda parrafada. Bueno, el blog perderá algo de actividad por un tiempo, pero no voy a dejarlo muerto en ningún caso. Ya sabéis que aquí soy todos bien recibidos para criticar lo que os de la gana. Un abrazo y hasta el próximo relato, minirelato o lo que sea que nos depare el tiempo. Nos vemos en la red y gracias de nuevo.
 

ENTRADA 49: El Contacto con la Muerte te hace Agarrarte a la Vida.

ENTRADA 49: El Contacto con la Muerte te hace Agarrarte a la Vida.

Hacía ya un par de horas, quizá más, que había hablado por última vez con su amigo por el walkie, y nadie había ido en su caballo blanco a rescatarla. En aquel punto igual daba que fuera un caballo blanco, una yegua gris o un tanque verde caqui, necesitaba ayuda para salir viva de aquel agujero, y cada vez veía menos probable que alguien que no quisiera comérsela apareciera en escena.

Encogida sobre sí misma, en el oscuro interior de un armario, Estela se balanceaba absorta, en un vaivén casi imperceptible, repetitivo y cansino. Con una mano apretaba con fuerza el walkie, su conexión con la única persona que aún podría ayudarla. La otra, la apoyaba en la puerta del armario en el que se había encerrado para salvar su vida. Fuera estaban ellos.

La oscuridad era total y absoluta, el espacio opresivo. Pasaba las horas en la misma postura, entumecida, sentada encima de varias mantas apiladas, con chaquetas y camisas colgándole desde las perchas. Sin poder mover un músculo ni articular palabra alguna.

Tal vez incluso ya estaba muerto, o puede que hubiera decidido abandonarla a su suerte. – Pensaba la italiana por culpa de su desesperación- Aunque él le jurara noches atrás, tras un beso apasionado, que todo acabaría bien, que siempre estaría ahí cuidando de ella. Pero quizás él no podía hacer nada al fin y al cabo.

Fuera, los infectados se movían arrastrando los pies, haciendo un ruido levemente amortiguado por las maderas de su escondrijo. A veces no se oía nada durante varios minutos, parecía que incluso podían haberse marchado sin decir nada, sin hacer ruido.  Pero cuando comenzaba a hacerse ilusiones, un murmullo, un gorgoteo o una respiración silbante le recordaba que no se habían marchado muy lejos. Que seguían al acecho.

De repente, sin razón aparente, empezó a oír signos de actividad. Pasos más seguidos, aullidos y gruñidos de más intensidad… el escándalo fue acrecentándose y lo que escuchaba pronto lo identificó como violencia pura y dura. Los gritos guturales se escuchaban cada vez más cerca, así como el resto de sonidos habituales de aquellas cosas.

Sabía que había llegado su hora. Sus amigas estaban muertas, habían ido cayendo día a día desde aquella tarde en la que se infectaron Bianca y Bárbara en el apartamento de Benidorm, y poco a poco, las demás chicas y chicos acabaron igual. Tampoco supo nada más de su familia, apenas una conversación entrecortada con su madre al llegar a la iglesia de Finestrat, en la que pudo decirle poco más aparte de un sentido “ti voglio bene, mamma”.

No quería morir, le horrorizaba saber que la iban a  despedazarla viva, que moriría de una forma horrible y encima puede que lenta. Convertirse en uno de esos seres que tanto odiaba, que habían convertido el mundo en un infierno, era aún peor.

Pensó en quitarse la vida, pero no tenía forma de hacerlo, no tenía nada salvo las camisas de un viejo y algunas mantas de lana. Cada vez  oía los golpes más cerca, y los chillidos, y los crujidos de madera. Se limitó a ponerse una manta por encima, ya ni ganas de pelar le quedaban. Ni esperanzas. Apretó los puños y las mandíbulas,  y cerró los ojos fuerte. Cerró los ojos hasta que escuchó una voz que la llamaba.

Los abrió inmediatamente, aunque no veía nada, los abrió porque no podía creerlo. La voz insistía, estaba cerca. La llamaba por su nombre, entre crujidos y chasquidos. Al final, creyendo reconocer la voz abrió un poco la puerta del armario y miró fuera por una rendija. No había nadie fuera, ni humano ni infectado. Quizá estaba volviéndose loca.

De pronto, entró en el cuarto una figura tambaleándose y tras ella, persiguiéndola, dos infectados ululantes. Estela se estremeció de miedo y volvió a cerrar conteniendo la respiración.

El primero de los que había entrado vestía  una voluminosa chaqueta negra de motorista, de las que llevan protecciones y acolchado interno. Su cara era imposible de distinguir, oculta tras un casco negro con la pantalla bajada y tintada de negro. Completaban el disfraz de motero unas botas y dos guantes del mismo color; uno de ellos agarraba el mango ensangrentado de una pequeña hacha de cortar leña, y el otro una palanca de acero de más de tres palmos.

-¡Estela! – Gritó casi sin aliento la voz bajo el casco negro.

Sin darle tregua los infectados se le abalanzaron inmisericordes y furiosos. El más pequeño iba primero. Un hombre bajito y con perilla, con las gafas colgándole del cuello, que se enzarzó con el motorista en un tira y afloja por clavarle los dientes. El segundo, más grande y con la cara medio quemada y negruzca, buscaba el hueco para lanzar bocado al acosado motorista.

Estaba entre la mandíbula y la pared. Desesperado y visiblemente fatigado, el hombre vestido de negro descargó como pudo la palanca sobre el primero de los infectados. El garfio del extremo de la barra de metal entró en el cuerpo sin oposición, como si fuera una enorme garra curva de metal cortando mantequilla, haciendo un agujero de cuatro dedos de profundidad entre el cuello y la clavícula.

Al tratar de recuperar el arma, ésta se quedó enganchada en el hueso y su brazo izquierdo quedó extendido e incapaz de repeler un nuevo ataque. Como consciente de aquel  instante de indefensión, el infectado de atrás aprovechó para lanzarse  con todo su peso sobre el arrinconado superviviente.

El peso de ambos atacantes y el agotamiento acumulado le hicieron caer al suelo, dejando la palanca clavada en el tórax del bajito y obligándole a soltar momentáneamente el mango del hachilla para amortiguar la caída.

La costalada fue brutal  y casi se quedó sin aire por el impacto. Jadeando y zarandeándose como un pez fuera del agua, trataba de liberarse y tanteaba con la mano a ciegas intentando encontrar el mango del hacha. Mientras, unos dientes amarillentos le desgarraban la tela de la chaqueta a bocados, con una fiereza semejante a la del más sanguinario perro de presa.

La fibra blanca del acolchado de la chaqueta se desparramaba bocado a bocado por el suelo. El infectado se enfureció aún más al topar con las placas internas que protegía la columna vertebral, así que frustrado, o como quiera que se sientan esos hijos de puta, comenzó a arañar y palmotear el casco tratando de hincar el diente a la nuca.

Con un giro sobre sí mismo, el superviviente consiguió rodar hacia un lado y coger el hacha. El infectado de la cara quemada se lanzó hacia él para ponerse de nuevo encima, con tanta prisa que gateaba y se arrastraba para alcanzarlo. Fue entonces cuando el motero vio su oportunidad y desde el suelo lanzó un hachazo contra la cabeza de la criatura, entrándole el acero entre los huesos astillados de la frente y clavándose hasta el mismo astil del arma.

-¿¡¡¡Dónde estás!!!?- Gritaba angustiado hacia ninguna parte, esperando escuchar alguna respuesta desde la lejanía, algún signo de vida que hiciera valer la pena aquel suicidio casi seguro.

Entretanto, el infectado pequeño, con la palanca colgando del pecho, ya se había abalanzado contra él, cogiéndolo con la guardia baja y el arma en la cabeza de su compañero. Forcejeó con el infectado encima de su pecho, como si éste intentara asfixiarle con su peso.

El motorista luchaba por mantenerse alejado la cabeza, y la criatura por su parte simplemente se preocupaba por lanzar dentelladas a cualquier miembro de su cuerpo que tuviera al alcance.

El cansancio y el hambre hacían mella en el superviviente, y pronto los músculos de los brazos comenzaron a ceder y a  temblar, avisando de que el límite de sus fuerzas estaba cerca. La boca abierta se le acercaba lenta pero inexorablemente, cada vez más, y para colmo una mezcla de saliva y sangre negruzca le goteaba sobre la pantalla del casco empeorando aún más su visibilidad.

Desesperado, comenzó a dar cabezazos contra el rostro del infectado en un último intento por quitárselo de encima, mientras gritaba todo tipo de insultos y maldiciones para dar salida a la tensión y a la adrenalina acumuladas.

El desfiguramiento de la cara, la nariz rota y varios dientes partidos a cabezazo limpio no frenaron ni un poco siquiera los embates de aquella criatura, que lejos de retroceder, consiguió atenazarle el cuello con una mano rápida y contundente.

Falto de aire y de fuerzas echó una mano a la palanca y comenzó a moverla violentamente en círculos dentro del cuerpo del infectado, sin conseguir extraerla ni causarle dolor.

Tarde o temprano, el infectado acabaría encontrando alguna abertura en la chaqueta, haciéndola él mismo o arrancando algún guante a base de mordiscos. La suerte estaba echada y puede que sólo le esperara convertirse en una de esas cosas que le estaba matando. -Jodidamente irónico-, pensó casi resignado.

Había llegado hasta la casa, había entrado a las bravas, y se había liado a golpes contra todos los infectados del interior. Había peleado con valor y con fiereza. Con la fiereza del perro acorralado, y el valor del hombre desesperado por salvar a alguien que le importa. Había aguantado mordiscos, trompazos y zarpazos gracias a las improvisadas protecciones, había roto varios cráneos y  desparramado sus sesos por paredes y suelos.

Incluso había matado a su propio amigo, Coletilla, cuando arrastrándose con la pierna colgando y los ojos inyectados en sangre, éste había tratado de cazarle como el resto de infectados. Pero no iba a llegar más lejos, el último infectado de la casa le había ganado el pulso y Estela no había dado señales de vida. Desesperanzado, sólo le faltaba ver el desenlace final de la siniestra historia que protagonizaba.

Fue entonces cuando una figura esbelta salió velozmente del armario, y lanzando algo hacia él todo se sumió en la oscuridad.

Estela había decidido salir, atrapado momentáneamente al infectado al cubrirlo con una gruesa manta de lana, apartándolo de su exhausto y desconcertado amigo. Y sin darle tiempo a liberarse de la ocurrente red, desclavó el hacha de la cabeza del quemado y comenzó a dar hachazos frenéticamente hasta que la manta no se movió más. Nunca más.

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-Eres tú- Balbuceé sin saber si creerme lo que veían mis ojos, mientras me quitaba el casco para ver con más claridad y corroborar que no me lo estaba imaginando.

-Has venido- Me contestó ella emocionada. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y una sonrisa radiante dibujada en su preciosa boca. La hubiera besado en ese instante mismo si hubiera tenido fuerzas para levantarme.

-Te dije que siempre cuidaría de ti - sonreí tratando de recobrar el aliento y de incorporarme. Mientras el aire me llenaba los pulmones de nuevo, yo la miraba con los ojos muy abiertos. Verla viva compensaba con creces cualquier locura.

Estela me ayudó a levantarme y se giró impaciente hacia la puerta de la habitación.

-Tranquila, ése era el último – Dije señalando con un gesto de la cabeza hacia el embrollo de carne y lana que había a mi derecha.  Al escuchar aquellas palabras se tranquilizó un poco e hizo ademán de abrazarme, aunque la disuadí al darme cuenta de que estaba empapado de sangre negruzca hasta los huesos.

-No hay tiempo para hablar, tenemos que irnos, la moto está en marcha ahí afuera-.

Y tras recuperar la palanca de debajo de la manta, con las respectivas náuseas, le presté el hacha a Estela y salimos al pasillo de la casa. Corrimos y dejamos atrás varios cuerpos, tres de ellos de ellos de nuestros propios amigos.

Fuera, el ruido del motor había llamado la atención de un par de infectados que caminaban hacia la fuente de sonora dispuestos a investigar. No les dimos tiempo a hacerse ilusiones. De modo que, en menos de lo que se tarda en decir “infectados” yo aceleraba con ganas, y los 500 centímetros cúbicos de una Suzuki azul y negra nos sacaban a Estela y a mí para siempre de Finestrat.

Y al salir de aquel pueblo fuimos dejando atrás escombros, casas y amigos. Amigos desaparecidos, pero que en el mejor de los casos yacerían muertos en algún rincón, y no pululando en busca de supervivientes que llevarse a la boca. Pero sobretodo, dejamos atrás el escenario de algunos de los peores momentos de nuestras vidas.

Aunque los sacrificios nobles de la gente a la que amábamos y su recuerdo, nos iban a acompañar el resto de nuestras vidas; cosa que con la muerte acechando a cada paso, bien podría tratarse de algunos meses, días, o tan sólo un puñado de minutos.

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3 Días después, en una gasolinera a 60 km al noroeste de Valencia:

Por fin habían encontrado algo de paz y seguridad. Un refugio. Tras varios días de carretera en dirección a Valencia, la ciudad más cercana, el paisaje se había ido volviendo más urbano poco a poco, pero los accidentes de tráfico, el silencio absoluto, los controles militares abandonados, y todo tipo de caóticos desperfectos eran una constante en cada pueblo y ciudad que recorrían.

Habían llegado a las cercanías de Valencia esperando encontrar supervivientes, algún punto en el que hubieran detenido el avance infección, pero nada más lejos de la realidad. A medida que se acercaban a las grandes zonas pobladas se topaban con más y más infectados. Esto les hizo desistir del intento de entrar en la ciudad, que se antojaba un lugar silencioso y muerto, pero que seguramente cobraría una peligrosa actividad si se acercaban demasiado.

Visto lo visto, la prioridad era encontrar combustible lejos de alguna gran población, y comida y agua, puesto que no habían comido nada desde poco después de abandonar Finestrat.

Pero ahora allí estaban. En un área de servicio de una antigua carretera nacional en desuso, con la tienda de la gasolinera llena de comida y todo el combustible que pudieran desear. No estaban cerca de ningún pueblo, pero aún así tomaron algunas precauciones.

Atrancaron verjas, puertas y ventanas y corrieron las cortinas para no llamar la atención desde fuera. Dejaron el depósito de la motocicleta lleno y prepararon dos mochilas llenas de víveres al alcance de la mano, por si las moscas. Una vez asegurado el refugio comieron y bebieron hasta hartarse, se lavaron, se ducharon y disfrutaron juntos de los primeros instantes de relativa calma y seguridad, acostados en un sofá del cuarto de empleados. Durante un par de horas los besos y las caricias fueron su única preocupación.

Esa noche, Estela encontró una radio a pilas y tras un rato girando la ruda del dial una emisión en español se coló donde antes sólo se escuchaba estática.

…….jados de las zonas pobladas, repetimos: manténgase alejados de las zonas pobladas. El nuevo gobierno recuerda que debido a un cambio en el virus……………, es de vital importancia que ante individuos con los siguientes síntomas…………………antengan alejados usted y el resto de super………Son aún más………No importa que fueran sus amigos o familiares, y sobretodo no importa lo que les digan o ………repetimos no importa lo que les cuenten, ya que se ha demostrado que………El gobierno de la ONU recuerda que se sigue investigando para hallar una………… Dios ampare………

Y después sólo estática. Buscaron otra emisora, pero no hubo suerte.

-¡Puede que aún haya gente normal viva por aquí, y sobretodo un gobierno que siga coordinando a los supervivientes y que nos rescate! Tenemos que escuchar el mensaje sin interferencias, tal vez den alguna dirección, algún lugar a donde dirigirnos- Comentó Estela ilusionándose ante aquella maravillosa posibilidad.

-No quiero que te hagas demasiadas ilusiones, tal vez sólo sea una grabación. De todas formas estas radios son poco potentes, mañana buscaremos otra mejor y trataremos de volver a sintonizarla-  Comenté tratando de no ser demasiado pesimista, mientras dejaba el aparato en una mesilla.

En ese momento oímos el ruido de las verjas de la entrada principal y nos miramos con el corazón encogido por el sobresalto. Me puse la camiseta y cogí el hacha y una linterna mientras Estela se vestía también a toda prisa.

-Joder viene de ahí afuera, se está moviendo mucho, no es el viento.- Dijo mientras cogía las mochilas de emergencia.

Acojonado, salí hacia el mostrador y me escondí tras un estante de aceites de motor desde el que se veía la puerta principal de acceso a la tienda, justo después llegó Estela con una barra de metal y la mochila   que me tocaba cargar.

Eran dos, pero se comportaban de forma extraña. Estela me apretó fuerte el antebrazo, yo también tenía miedo. Llevaba las llaves de la moto siempre conmigo, en el bolsillo derecho, pero ésta estaba aparcada justo delante de la puerta de la tienda y no podíamos salir por allí.

Nos acercamos un poco más. La luna, casi llena, iluminaba la noche con bastante claridad, y la visibilidad era buena cuando no se cruzaba ninguna nube por delante del satélite. En una de esas, una de las nubes se quitó de en medio y pudimos ver el exterior con más detalles.

Había un hombre y una mujer, pero enseguida nos dimos cuenta de que algo no encajaba, el hombre  empujaba la verja tratando de abrirla, y la mujer lanzó una patada furiosa y resignada al ver que no había forma de abrir aquello sin algo para forzarlo. Pero lo más sorprendente fue ver cómo se miraron uno al otro, se dijeron algo que no entendimos del todo y se abrazaron. Después el hombre empujó a la mujer hacia arriba, ayudándola a subir por la reja para que llegara a la ventana de arriba.

Eran supervivientes. Estela me dijo que teníamos que asegurarnos de si iban armados antes de abrirles, así que nos acercamos un poco más todavía.  De repente el hombre se dio media vuelta y apuntó con una escopeta hacia la entrada de la gasolinera. Fuera, al menos una decena de figuras corrían hacia él con salvajes intenciones.

-¡Joder, van a  matarle!- Me susurró la italiana al oído clavándome las uñas en el antebrazo.

-No podemos hacer nada- Contesté sin apartar la mirada de aquél desgraciado que estaba apunto de morir.

Le atacaron tres a la vez, cada uno por un lado. La escopeta escupió plomo tres o cuatro veces, derribando a dos de ellos. El tercero consiguió aferrarlo unos segundos mientras el resto de infectados corría a decantar la balanza. Seis contra uno, el hombre cayó a los pies de la entrada, y media docena  de seres aullantes ahogaron los gritos de dolor con sus aullidos de celebración.

Horrorizado comencé a gatear para alejarnos. Si nos descubrían estábamos jodidos. De repente Estela me apretó de nuevo el brazo para que me girara, ésta vez con más fuerza todavía.

Fuera, una figura grande se aproximaba caminando, y el resto de infectados le abrían dócilmente paso hasta la comida. A pocos metros de la puerta, el recién llegado aceleró la marcha y saltó encima del hombre aún moribundo, y una vez encima le arrancó un pedazo de carne del cuello de un mordisco.

Sus ojos negros se cerraron mientras paladeaba el bocado, su piel era pálida, tan pálida como los mismos rallos de luna que la bañaban. Vestía unos pantalones vaqueros y una chaqueta de piel marrón a medio abrochar.

Uno de los infectados que había derribado al hombre de la escopeta se le acercó torpemente, casi tambaleándose.

-Falta la mujer que le acompañaba, pero aquí olemos al menos a dos supervivientes, deben de estar dentro.- Le dijo el infectado al hombre de la chaqueta marrón. Éste tragó la carne, se relamió la sangre y lanzó un puñetazo demoledor contra la cara del que había le hablado.

-Sabéis que soy yo el que da el primer bocado.- Dijo mirando a los ojos negros de su subordinado, refiriéndose al hombre de la escopeta que yacía inmóvil desangrado a un par de pasos.- Quiero a esos otros dos que quedan, y los quiero vivos para matarlos yo mismo.

FIN ?

ENTRADA 48: EL día de la Infección.

ENTRADA 48: El día de la Infección.

 

El café caliente se agitaba en el interior de la taza mientras Smith jugueteaba durante el desayuno, inmerso en sus cavilaciones. Por fin había llegado el gran día, hoy tomaría un avión de la compañía y saldría de ese maldito desierto.

 

En Pekín debía encontrarse con los agentes americanos, y de ese modo escapar al férreo control al que le sometía el gobierno chino los últimos meses.

 

“Seguro que sospechan”- pensó Smith-“ y eso que he sido extremadamente cuidadoso… pero no, mi trabajo no caerá en las manos inadecuadas, no me atraparán a tiempo”.

 

Tras apurar el café de un trago subió las escaleras en dirección a su habitación, cruzándose por el pasillo con otros compañeros que iban en bata blanca, científicos y científicas a los que no saludaba, simplemente porque pensaba que no eran dignos de sus palabras, y mucho menos de su tiempo.

 

Al entrar a sus dependencias se quitó la ropa de laboratorio y se puso un traje de chaqueta negro, con corbata roja intensa, luego se calzó unos magníficos y caros  zapatos de piel hechos a mano. Smith vivía por y para su trabajo, pero aún así, en los ratos en que se quitaba la bata blanca vestía con buen gusto, todo un sibarita y un maestro de la elegancia.

 

Tenía todo listo, una pequeña maleta con algo de ropa, su ordenador portátil y un maletín metálico que aguardaba a los pies de la cama. Miró el reloj y luego se miró al espejo, sus ojos marrones destilaban energía y emoción. “Hora de ir a la pista” – se dijo a si mismo. Y guardándose un frasquito transparente en el bolsillo interno de la chaqueta abandonó su habitación para siempre.

 

Fuera le esperaban dos gorilas con traje de chaqueta y gafas de sol estilo Men in Black, eran su seguridad y sus grilletes, hombres pagados por la compañía que protegían y vigilaban a sus científicos más importantes cuando salían del laboratorio.

 

Sin dirigirles ni una palabra caminó hacia la avioneta, embarcó y durmió un par de horas hasta aterrizar en una pista auxiliar cerca de la capital china. Bajó de la avioneta escoltado por sus gorilas particulares- eran como dos putas sombras- y vio que aún faltaban varias horas para el amanecer.

 

Momentos después apareció un coche negro con los cristales tintados y subió abordo con sus dos amigotes. No sabía como iban a encontrarle, le dijeron que simplemente lo harían, así que mandó al conductor que se encaminara hacia su hotel habitual, el Beigin Sun Palace, en el cuál solía hospedarse en sus esporádicas visitas a la ciudad.

 

La carretera estaba desierta, o al menos lo estuvo hasta que aparecieron esos dos coches. Como salidos de la nada fueron aproximándose desde atrás. Enseguida reaccionaron los gorilas, a los que aquello no les olía nada bien. El más grande de los dos, un chino con cicatrices en la cara, desenfundó su pistola y le dijo algo al conductor, que inmediatamente reaccionó acelerando  a tope.

 

No iban a andarse con chiquitas y, al ver que los coches perseguidores aumentaban respectivamente su velocidad, el gorila jefe bajó la ventanilla izquierda y asomó medio torso para tomar puntería. El viento le hacía ondear violentamente el pelo y  le impedía apuntar con total claridad, pero lo cierto es que le daba igual matar a alguien, así que dirigió la boca de su 9 milímetros semiautomática hacia el conductor y sonrió socarronamente.

 

¿Cómo iba a sospechar que se le habían adelantado?, una fracción de segundo antes de que apretara el gatillo, una ráfaga precisa le alcanzó la mano y le arrebató el arma, la cuál se perdió en la carretera, irrecuperable, pequeña, cada vez mas alejada de los coches que circulaban a mas de 170 kilómetros por hora.

 

El gorila entró al habitáculo gritando de dolor y su compañero prosiguió con el tiroteo mientras él se sujetaba la mano agujereada. Smith estaba agazapado bajo el asiento, no tenía miedo a morir, pero mentalmente maldecía  por sus adentros a los que habían comenzado el tiroteo.

 

La persecución duró apenas unos segundos más. El primero de los coches perseguidores sacó aún más potencia y se puso al lado de su presa, instantes después el otro hacía lo mismo por el otro lado. Tras acorralar al coche de los chinos,  un cañón apareció de cada ventana y con varios disparos precisos abatieron a los guardaespaldas, llenando el coche y al doctor Smith de una mezcolanza de sangre y sesos asiáticos.

 

Tras la dantesca escena, el conductor del coche chino frenó de golpe y las pinzas de los frenos mordieron los discos con fuerza, calentándolos y bloqueando las ruedas con gigantesca presión hidráulica. El resto de conductores pisó los frenos también, haciendo uso de su pericia para no salirse de la carretera ni chocar entre sí. Una vez parados, el chófer chino bajó del coche y salió corriendo campo a través, abandonando a Smith y alejándose de los coches atravesados en la carretera.

 

Del resto de automóviles salieron varios hombres sin armas a la vista, que caminaron hacia el coche chino sin prisa. Smith salió dando un portazo furioso y cargado con su maletín.

-Esto no es lo que acordamos, mirad cómo me habéis puesto estúpidos.- Dijo sacudiéndose la americana y mirándoles con infinito desprecio.

 

Dos horas después, Smith salía duchado y vestido con ropa nueva del baño de uno de los aviones militares del ejército de los Estados Unidos. Por fuera parecía un modelo comercial de tamaño mediano, naturalmente su interior estaba modificado, y normalmente lo usaban para trasportar presos sin levantar sospechas o para operaciones de espiona y de infiltración.

 

-Le ruego disculpe las molestias doctor Smith. -Se excusó un hombre ofreciéndole tomar asiento para conversar.

 

Smith dejó la toalla dentro del baño y miró analíticamente a su nuevo interlocutor. Un hombre grande de raza negra, vestido de modo impecable y metódico. “Un soldado experimentado con traje de chaqueta, quizá del FBI o de alguna de esas agencias”-pensó mientras tomaba asiento enfrente de él.

 

-No me esperaba una acción tan temeraria por su parte, pusieron en peligro mi vida y mi proyecto.- Respondió de forma acusadora.

 

-Lo sé, pero ya sabe que situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Esos hombres no nos habrían permitido acercarnos a usted al llegar a la ciudad. Se habría vuelto mucho más complicado, puede que le hubieran disparado antes de que cayera en nuestras manos. Además, fueron mis hombres los que apretaron el gatillo, usted estuvo a salvo en todo momento.- Contestó el agente.- Por cierto, no me he presentado, soy el agente Redfield, de terrorismo biológico. Ya está usted a salvo.

 

Smith se inquietó un poco al escuchar lo de “terrorismos biológico”, pero se mantuvo completamente sereno, sin un ademán de nerviosismo ni duda, y con la boca cerrada y la mirada escrutadora.

 

-Si no me equivoco su trabajo consiste en un virus que modifica y ralentiza el regeneramiento celular, ¿no?- Preguntó Redfield yendo al grano.

 

-No lo ralentiza, lo congela del todo.- Puntualizó Smith con un rastro de orgullo en la voz.

 

-Eso es fantástico, su trabajo es increíble… se me ocurren un montón de aplicaciones sanitarias y militares… pero desde china nos comentó que surgieron ciertas complicaciones. ¿Qué ocurre?

 

-Básicamente que los individuos infectados no reaccionan bien, se vuelven inestables y violentos. Es algo que aún tengo que perfilar para que sea útil a la humanidad- Mintió Smith.

 

-De modo que hoy por hoy, ese virus suyo vuelve a la gente agresiva y fuera de control. Es por eso que tal vez las autoridades chinas quisieran usarlo como arma biológica, ¿no?- Preguntó de nuevo el agente, escrutando al doctor Smith.

 

-Usted es el experto en armas biológicas, no yo- Respondió Smith de forma cortante- No hace falta ser un genio para imaginar los efectos de un virus que lanzado contra las tropas enemigas las haga luchar entre ellas como animales irracionales, y que además se propaga con una velocidad espantosa.

 

-El arma definitiva…prácticamente.- Murmuró el agente Redfield.- Bueno, no se preocupe, nuestros hombres están “borrando” todos los datos del laboratorio del desierto de Gobi. Esa abominación nunca será una realidad, y en cuanto a usted, estará perfectamente a salvo trabajando para los Estados Unidos. Le dejo descansar por ahora.

 

-Un momento agente, ¿Cuánto nos falta para llegar?

 

-Aún falta bastante, debemos recoger a alguien en Turquía, luego sobrevolaremos el Mediterráneo y llegaremos a las instalaciones del Atlántico.- Y diciendo esto salió del pequeño salón en dirección a la cabina.

 

Lo que más temía ahora Smith era convertirse en prisionero de los americanos, así que comenzó a buscar la forma de bajar en otro lugar. Unas horas más tarde, después de haber hecho la parada en Turquía, Redfield volvió a entrar en aquella especie de pequeña habitación de invitados aérea.

 

-Hola de nuevo señor Smith. Nos dijo que todas las muestras se hallaban en el laboratorio, ¿no es así?

 

-Así es.- Contestó de forma cortante mientras jugueteaba con un frasquito trasparente dentro del bolsillo de su pantalón.

 

-Verá, las autoridades chinas se han puesto en contacto con nosotros y su versión difiere. Nos han puesto sobre aviso, han dicho que lleva usted 200  muestras,  va a tener que permitirme registrar su maletín señor.

 

Aquellas palabras no se las esperaba Smith, aún así puso cara de no tener nada que esconder y se acercó al maletín para entregárselo. Y con un amable “Aquí tiene” se lo tendió al agente.

 

Redfield lo abrió y vació su contenido. Sólo había un par de libros, material informático y papeles.

 

-¿Contento?- Preguntó Smith haciéndose el herido.

 

-Tenía que asegurarme. Póngase de pie y separe las piernas  y los brazos, por favor.

 

-Está usted llegando demasiado lejos agente.

 

-No me obligue a volver con alguien más y registrarle a la fuerza.

 

En ese momento Smith se sintió atrapado. No sabía que hacer, si encontraba el frasco probaría que los chinos decían la verdad y le detendrían. De repente, sin saber bien por qué lo hacía, se metió la mano en el bolsillo y amenazó al agente con el frasco. Redfield sin perder ni un segundo sacó su arma y le apuntó a la cabeza.

 

-¿Sabe que es esto agente?- Preguntó Smith con una sonrisilla burlona.

 

-Déjame adivinar… ¿una muestra quizá?- Preguntó irónicamente.-Los chinos tenían razón, tú eres el que se ha llevado las muestras, tú eres el peligro para el mundo en estos momentos. Déjala en el asiento con cuidado y aléjate de ella. ¡Retocede hasta la pared!- Ordenó tajante.

 

-No, yo soy quien da las órdenes. Vamos a aterrizar en el próximo aeropuerto europeo o le juro que rompo el frasco y morimos todos.- Amenzaó el doctor intentando tomar el control.

 

- Eso es imposible, no le dejaremos bajar a ningún sitio con ese virus del infierno. Mejor los tripulantes del avión que una pandemia. Además, no se atreverá a hacer eso, usted también se infectaría.

 

-Idiota, sólo estoy intentando comprar un poco de tiempo para ver el resultado de mi obra. El mundo ya está infectado aunque ustedes no lo sepan.

 

-Eso es imposible.-Balbuceó el agente-. Tú llevas las muestras, si algo le pasa al avión se perderán junto con todos nosotros.

 

-Error, mi querido agente. Yo sólo llevo 3 de las 200 que faltan. Las otras 197 las envié por correo, mensajeros y otros medios a 197 ciudades diferentes  de todo el mundo. Cuando los destinatarios abran los paquetes dentro de unas horas, un día como mucho, la infección se liberará de forma simultánea con 197 focos repartidos por todo el mundo, 198 contando el lugar donde se estrelle el avión.- Sentenció triunfante.

 

-No puede ser. ¿Quieres matar a millones de personas?,¡Estás loco!- Dijo el agente dando un paso al frente.

 

-No quiero matar a millones. Quiero matar a todo ser humano viviente. La suya es una especie destructiva, egoísta, asesina. El planeta estará mejor cuando hayáis desaparecido del planeta.

 

-Hablas como si no te consideraras humano. -Intervino Redfield.

 

-Técnicamente lo soy… ¡pero reniego de mi condición!-Exclamó apretando el puño libre -. Ésta especie ha causado ya demasiados daños. El ser humano se cree el centro del universo y nos es más que una forma de vida maligna, con fecha de caducidad estipulada, como el resto de las especies que ha habido y habrá en el universo. Yo sólo adelanto el exterminio para que la naturaleza corrija su error con prontitud.- Luego, mirando al techo con la mirada ausente añadió-. Somos la excepción de la armonía natural, la nota discordante que ensucia una preciosa  melodía.

 

-Tú eres la personificación de cada vicio del ser humano de los que tanto te quejas. Orgullo, envidia, prepotencia… eres un loco con aires de grandeza, nada más.- Dijo Redfield avanzando con paso firme hacia Smith.

 

-Oh, veo tierra por la ventana del avión. No estaré para ver el resultado de mi obra, pero sin duda sé que mi voluntad  ya se ha cumplido. -Y diciendo esto reventó el frasco en su mano derecha clavándose los cristales en la carne, mientras le dedicaba una sonrisa triunfal y un punto lunática.

El tiempo se ralentizó, Redfield apretó el gatillo varias veces y en cuestión segundos el doctor estaba tendido en un charco de sangre, agonizando por los disparos  y el dolor de la propia transformación.

 

Al poco tiempo todo el avión estaba infectado y éste se precipitaba irremediablemente al encuentro de su destino. Bajo, en la costa, miles de turistas de la costa mediterránea de Benidorm veían con el corazón encogido cómo elavión se precipitaba hacia el centro de la ciudad. Entre ellos estaba un grupo de jóvenes que se vería envuelto en una pesadilla sin despertar posible.

 

El resto de la historia…sabéis cómo continúa.

 


ENTRADA 47: El dolor de la supervivencia.

ENTRADA 47:  El dolor de la supervivencia.

 

 

-¿Qué coño ha pasado ahora? ¿Quién ha hecho esos disparos?-Se preguntaba Capo en voz alta mientras recobrábamos el aliento.

 

Era como pensar en voz alta, ya que naturalmente yo tampoco sabía la respuesta a todos aquellos interrogantes que se nos abrían ahora. ¿Hay más supervivientes? ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Cómo haremos para volver a la casa de Joan?...demasiadas preguntas, tantas que me abrumaban y me hacían sentir pequeño y frágil.

 

-Hay que volver, tal vez por donde entramos…- insinuó mi amigo señalando al pasillo que llevaba al otro extremo de la casa.

 

No sabíamos qué hacer. El walkie de Joan continuaba apagado y  decidimos probar suerte y bajar por el balcón del dormitorio por el que accedimos, tal vez esa calle estuviera despejada.

 

Sin perder ni un segundo dejamos el garaje, las herramientas y la moto y volvimos a entrar al comedor. El olor de la comida echada a perder en la mesa volvió a parecerme muy molesto. Caminamos por el pasillo con los bastones fuertemente cogidos. Eran nuestra única defensa, los empuñábamos como espadas de madera, desenvainadas, listas para golpear a cualquier amenaza que surgiera de entre las sombras o tras las esquinas.

 

Pero, afortunadamente, llegamos a la escalera sin sobresalto alguno. Subimos de nuevo contemplados por los familiares de las fotografías y los cuadros, con sus rostros felices, sonrientes y ajenos a la locura que recientemente se había desatado en el mundo. A medida que llegábamos arriba se hacía más oscuro y así, escalón a escalón, nos adentrábamos en la negra boca del lobo.

 

El dormitorio de matrimonio seguía igual de desordenado que cuando habíamos llegado a él unas horas antes, lo cuál, por supuesto, tampoco nos sorprendió en absoluto. Con cautela, pero a la vez impacientes, nos apresuramos para inspeccionar este lado de la calle. Premio, al menos diez de esas cosas se veían desde el balcón, y todas corrían hacia el mismo sitio, que para colmo de la mala suerte era precisamente hacia donde teníamos que ir nosotros.

 

Parecía que tendríamos  que volver a intentar salir por el garaje cuando se me ocurrió que tal vez podríamos cruzar de casa en casa por la terraza. Era probable que algún tejado se hubiera derrumbado con el bombardeo, pero podíamos probar suerte.

 

Dicho y hecho, Capo y yo salimos de nuevo al pasillo y empezamos a subir el tramo de escaleras que conducía al segundo piso. Al llegar nos dio la bienvenida un pasillo idéntico al de la primera planta pero mucho más iluminado. Al final del corredor había una ventana por la que ondulaba una cortina amarillenta al ritmo de las corrientes de aire.

 

La escalera había terminado su recorrido, por lo que supusimos que la puerta metálica que había en el extremo opuesto a la ventana comunicaba con el exterior. Al llegar, descubrimos que estaba cerrada con llave.

 

-Joder, no damos una- Dije malhumorado forcejeando con el paño, que a su vez se resistía tercamente a  dejarnos libre el paso. Empeñados como estábamos en salir al exterior, acordamos registrar las demás habitaciones en busca de una llave o de algo útil para abrir la puerta.

 

La siguiente estancia resultó ser una despensa con fruta y botellas de vino perfectamente apiladas, pero nada útil para forzar un paño.

 

-Tal vez deberíamos abrir una de esas botellas, a lo mejor se nos despierta el ingenio con unos tragos.- Comentó Capo con una risilla. Por lo menos él se lo tomaba con algo más de humor, dentro de lo posible.

 

Fue al abrir la siguiente puerta cuando me entraron las arcadas. El olor que salía de allí me hacía daño en la mismísima pituitaria, las emanaciones de un montón de carne sanguinolento nos inundaban la nariz y el paladar, tanto que juraría que tenía uno de esos trozos humanos negruzcos en la boca.

 

Mientras me llevaba una mano a la nariz,  aferré con fuerza el garrote por si algo, de repente, se movía hacia nosotros. Nada, todo lo que había en el cuarto estaba muerto y bien muerto. Capo corrió a abrir la ventana, yo aproveché para abrir la puerta de par en par y favorecer que se ventilara la estancia.

 

Al volver a mirar al cuerpo reconocí algún tipo de prenda de ropa hecha jirones y unos zapatos de tacón al final de unas piernas a medio devorar. El cadáver yacía a los pies de una mesa repleta de papeles. No había signos de lucha, aparte del charco de sangre que rodeaba al cuerpo como si lo señalizara de color rojo oscuro.

 

-Se la han comido tío.-Murmuró capo tan estupefacto como yo.

 

De la mesa me llamó la atención un sobre alargado en el que se podía leer en tinta negra la siguiente frase escrita a mano: “Manuel, te quiero” .Intrigado, inundado por la curiosidad cogí el sobre y leí en voz alta la carta que contenía.

 

“Cariño, te necesito tanto… ojala estuvieras aquí. El mundo se ha vuelto loco y no sé qué hacer sin ti. Intentamos reunirnos contigo como acordamos la última vez que hablamos por teléfono, pero los soldados no dejan salir a nadie a la calle bajo ningún concepto.

 

Hemos hecho tarde, te he fallado. Todo pasó  mientras intentábamos llegar al coche para escapar, iba con mi hermana y nuestro hijo cuando una de esas cosas nos atacó. Mordió a Ana, y ella  enloqueció al instante y atacó a Javier como si no lo conociera de nada, como si no fuera su sobrino querido.

 

Por suerte pude coger al niño y volver a casa dejando a  mi hermana atrás. Pero es no es todo, Javier ha enfermado, lleva toda la mañana golpeando la puerta del despacho, no consigo localizar a ningún médico. Tengo miedo, no quiero abrir, pero no puedo dejarlo solo, es nuestro niño.... Sabes que te quiero, sabes que te quiero más que a mi vida y que te querré siempre… voy a abrir“

 

La voz se me quebraba con las últimas frases de la carta. Al parecer Manuel no había llegado a tiempo para evitar la tragedia, tal vez simplemente era inevitable. Lo más probable era que el tal Manuel ahora mismo pululara por ahí convertido en una de esas pesadillas andantes, y aunque sabía que con toda seguridad nunca leería la carta, volví a meterla al sobre y la dejé exactamente en el mismo sitio.

 

En ese justo momento el walkie que ahora llevaba Capo encendido se puso a sonar, pero no fue eso lo que me dio un susto de muerte. Bajo la puerta de la entrada, una silueta de menos de un metro y medio de altura nos contemplaba mientras resoplaba con furia.

 

-¡Capo detrás de ti! – Al tiempo que mi amigo se giraba, la pequeña silueta se abalanzó sobre él con fiereza inaudita. En un movimiento de rápidos reflejos Capo acertó a  cogerle uno de los brazos y apartarse de su acometida. Eso me dio el tiempo justo para saltar por encima del cadáver y golpear con el garrote las costillas del niño.

 

Ponía mi mano en el fuego a que llamaba Javier, pero no era el momento de pensar en eso. Como insensible al dolor el pequeño monstruito se sacudía para liberar su brazo y daba dentelladas al aire en dirección a Capo.

 

-¡Hijo de puta! ¡Quítamelo joder! – Gritaba capo mientras zarandeaba al infectado.

 

Sin saber muy bien que hacer, optó por empujar al niño para alejarse de los zarpazos que lanzaba a diestro y siniestro. Entre gritos y alaridos el cuerpecito salió despedido contra la pared y su cabeza impactó en el ladrillo con un sonoro “clack”.

 

Al instante, de nuevo ajeno al dolor, volvió a mirarnos con aquella expresión de odio infinito, con aquellos ojos inyectados en sangre y volvió a gruñir como una bestia, hasta que el extremo del garrote le rompió la mandíbula y le hizo saltar varios dientes.

 

La imagen era dantesca. Tenía la mandíbula muy abierta, pero no porque nos estuviera amenazando con mordernos como antes, ahora la tenía colgando, inservible, inerme. Aun así, seguía aullando amenazadoramente y volvió a incorporarse para cargar de nuevo.

 

Sentía la necesidad de acabar con ese peligro, todas las alarmas de mi ser se habían desencadenado y supongo que, guiado por mi instinto de supervivencia, la  madera del garrote volvió a trazar un arco en el aire, transmitiendo toda la potencia del giro de la cadera y de los músculos del brazo al extremo de la madera y desatándose contra su cabeza.

 

El palo del bastón no era demasiado grueso y se partió por la mitad, pero el golpe partió también los huesos del infectado, desparramando una masa grisácea por la pared y por el suelo. Instantes después el cuerpo caía como un fardo inanimado.

 

-¿Estás bien? –Pregunté a mi amigo con el palo roto aún en la mano. Pese a no abrir la boca su respuesta me dejó helado. Ahí estaba mi amigo Capo, sujetándose el brazo derecho a la altura de la muñeca, observando cómo brotaba la sangre desde el agujero que tenía en el dedo índice. Su mirada me rompió el alma, sabía lo que significaba todo aquello, y bastó una mirada para comunicarnos miles de palabras en apenas una fracción de segundo.

 

-No puede ser- dije profundamente abatido. En el suelo el walkie seguía sonando insistentemente sin que nadie le prestara atención, en segundo plano.

 

-¡Sal de la habitación ahora mismo!- Me ordenó con un grito mi amigo apartándose de mí. – Es cuestión de unos segundos.

 

-Lo siento mucho- Musité mientras cogía el walkie del suelo. Con un nudo en la garganta y un camino de lágrimas por las mejillas, cerré la puerta y salí del cuarto. Todo me daba vueltas, no podía perder a otro amigo. De repente todo me pareció más oscuro, no tenía esperanza.

 

- ¡Márchate!, ¡tienes que ayudar a Coletilla y a los otros!, ¡Prométeme que los sacarás de aquí!- Me gritaba capo sabiendo que yo aún estaba al otro lado de la puerta.

 

-No puedo joder…- Me dije a mi mismo derrumbándome literalmente al otro lado de la puerta. Momentos después se hizo el silencio, un doloroso e hiriente silencio. Sabía lo que estaba pasando pero me daba miedo confirmarlo. Al final con un esfuerzo titánico reuní fuerzas para llamarle de nuevo.

 

-Capo…. tío, dime que estás ahí. -La respuesta vino en forma de trompazo contra la madera de la puerta. Después se intercalaron los aullidos, los golpes y los choques.

Me levanté tambaleándome y bajé las escaleras corriendo. Corrí hasta la planta baja y me dirigí al garaje, cerrando todas las puertas que encontraba a mi paso, temiendo que me siguiera y tuviera que enfrentarme a mi propio amigo… o a lo que había sido mi amigo.

 

Al llegar al garaje atranqué la puerta metálica y respiré aliviado. No parecía haberme seguido y además era imposible que rompiera la puerta de acceso. La cabeza me daba vueltas y los sollozos me entrecortaban la respiración.

 

El walkie empezó a sonar de nuevo, así que apreté el botón y escuché el mensaje de una voz que había cambiado su dulce acento italiano por un tono de terror extremo. Entre los sollozos y el bajo volumen con que hablaba me costó  un mundo entender a la pobre Estela.

 

Era una llamada de auxilio angustiosa. “Todos han muerto, estoy escondida en un armario, ayudadme por favor”. Una losa de peso infinito me oprimía el pecho y no me dejaba respirar. Me ahogaba con las malas nuevas.

 

Hice de tripas corazón y traté de tranquilizarla, le pedí que me contara lo que había ocurrido pero la comunicación se cortó de forma abrupta con un “están aquí, por favor no me dejéis sola”. No quería creerla, no quería que fuera verdad, en cuestión de minutos había perdido demasiado. Me quedé en shock, ni siquiera me atreví a llamar de nuevo, era peligroso, no podía comprometerla.

 

Estaba asustado y perdido, no sabía qué hacer ni por dónde empezar. Sólo sabía que tenía que levantarme y luchar para no perder a la última persona que me quedaba en el mundo.

ENTRADA 46: Galopada angustiosa.

ENTRADA 46: Galopada angustiosa.

 

El tiempo pasaba endiabladamente despacio entre los cuatro neumáticos. Los dos individuos ensangrentados  hacían guardia en los alrededores del vehículo, sin alejarse mucho de nosotros. Los minutos trascurrían perezosamente, sin brindarnos ninguna oportunidad clara de escapatoria.

 

Durante la aburrida y tensa espera pensé en nuestros amigos, pero era muy peligroso encender el walkie para pedir ayuda o simplemente decirles que aún estábamos con vida, que aún luchábamos, que nos esperaran.

 

Les veíamos los pies todo el rato, ellos percibían que estábamos cerca, pero nosotros sabíamos donde estaban en cada momento, conocíamos a dónde les llevaban sus erráticos pasos, pero por desgracia, cuando empezaban a deambular y se nos abría una pequeña esperanza de que se alejaran, siempre acaban volviendo para acecharnos.

 

Puede que lleváramos varias bajo la furgoneta. En todo ese tiempo habíamos diseñado un rudimentario plan de escape mediante gestos y miradas, sin siquiera atrevernos a susurrar unas pocas palabras. Era un plan rudimentario, infantil y facilón, pero era lo único que teníamos y no queríamos que la noche nos sorprendiera a la intemperie.

 

Cogí un frasco de jarabe de cristal del interior de la mochila. Creo que era jarabe para la tos. La idea era sacar el brazo discretamente por uno de los laterales y lanzar el frasco con fuerza, hacia una verja metálica cercana para hacer el mayor ruido posible. Teníamos la esperanza de que el cebo atrajera a los infectados hacia la farmacia y aprovechar esos metros de ventaja para correr hacia la casa de Joan.

 

Era simple, peligroso y arriesgado, como todo lo que veníamos haciendo los últimos días, pero algo había que hacer. Nuestro refugio estaba cerca, con suerte los dos infectados no se percatarían de nuestra fuga y nos daría tiempo a llegar, el problema era que el jaleo atrajera a algún infectado más, pero era un riesgo con el que había que correr, tendríamos que confiar de nuevo en la suerte y sobretodo en nuestras piernas.

 

Llegado el momento saqué medio torso de debajo de la furgoneta, miré a mi amigo y lancé el frasco con todas mis fuerzas desde el lado contrario al que estaban los hombres ensangrentados. La botella de etiqueta roja voló con trayectoria ascendente y, describiendo una parábola, se acabó estrellando con un estallido de cristales.

 

Los infectados movieron sus pies de repente hacia aquella nueva fuente de ruido, puede que pensando que lo había provocado algún ser vivo, o tal vez les atrajera el olor de aquél brebaje que se desparramaba por los ladrillos, el caso es que Capo y yo nos arrastramos fuera de la furgoneta y en un instante estábamos agazapados listos para correr hacia nuestro objetivo.

 

Teníamos las piernas medio entumecidas por la larga espera y las posturas forzadas, pero la adrenalina ya corría por los músculos y estábamos apunto para salir disparados. Fui yo quién dio la primera zancada en el momento justo en que se escucharon disparos de escopeta muy cerca. Como si fuera el sonido que ordenaba abortar la misión, nos echamos al suelo y nos agazapamos tras la furgoneta espiando a los infectados por debajo.

 

Seguir corriendo hacia casa de Joan era un suicidio. Si el jarabe les había llamado la atención ahora los disparos eran como la llamada para recoger la merienda en las puertas de un colegio. Por suerte corrían tanto que no repararon en nosotros, había que tomar una decisión rápida y tras apenas cuatro palabras corrimos como alma que lleva el diablo en dirección opuesta a la casa de Joan. Corrimos hacia la farmacia.

 

Las piernas no me respondían tan bien como estaba acostumbrado, pero la distancia era corta y el miedo que nos empujaba muy grande. Estábamos llegando a la puerta del garaje que dejé entreabierta cuando una mujer que corría a zancadas hacia el lugar de los disparos nos vio de frente. Nuestra única escapatoria era llegar al garaje antes que ella. Correr hacia aquella mujer hacía que saltaran todas las alarmas de peligro de mi cuerpo, corría hacia nosotros y nosotros hacia ella, nos acercábamos muy rápido, de frente, como dos trenes apunto de chocar.

 

La carrera duró siete u ocho segundos, pero la angustia que nos atenazaba hizo que el tiempo corriera despacio, alongando la duración y la incertidumbre, ralentizando nuestros latidos. A punto de llegar, Capo me adelantó por la derecha y abrió la puerta un instante antes que yo, así que me colé, me arrojé dentro y caí a los pies de la motocicleta mientras escuchaba el portazo que dejaba fuera a nuestra perseguidora. “Que te jodan” pensé tendido boca arriba mientras notaba los latidos en el pecho y en la sien.

 

Los disparos sonaron de nuevo amortiguados por las paredes del garaje y la infectada enseguida dejó de aporrear la puerta, seguramente corriendo ahora hacia aquella posible presa. Tras una breve pausa para recuperar el aliento llamamos a nuestros amigos con el walkie. Una sensación desagradable inundó mi cuerpo ocupando el lugar de la adrenalina, nadie respondía a nuestras insistentes llamadas y los disparos habían cesado por completo.


Contador Gratis
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ENTRADA 45: Botín suculento.

ENTRADA 45: Botín suculento.

 

Metí la mano y accioné la manivela. La puerta del balcón se abrió hacia dentro, lentamente con un leve chillido de bisagras. Miré a Capo y entramos a la casa con cuidado, por debajo de las persianas a medio bajar.

 

Era un dormitorio amplio y con mobiliario antiguo. La cama deshecha ocupaba el centro de la habitación, y en frente había un armario de estilo clásico con las puertas abiertas y los cajones revueltos. A medida que la vista se acomodaba a las penumbras fuimos descubriendo más matices y detalles; botecitos destapados en la cómoda, ropa tirada por el suelo, un teléfono descolgado en la mesilla de noche…

 

Inspeccionamos el dormitorio en y caminamos en dirección a la puerta, callados, mudos, comunicándonos con gestos y aspavientos. Al asomarme al pasillo comprobé que el interior de la casa estaba aún más oscuro. Encendí un instante el walkie y lo puse en el canal 4 para decir a Joan y a las chicas que habíamos llegado de una pieza. Tras la breve charla lo apagué y volví a guardarlo en la mochila para no pulsar ninguna tecla por accidente.

 

-Tendremos que bajar- Susurré hacia la figura de Capoira, que husmeaba dentro del armario.

 

-Vale, vamos hacia abajo. Cuanto antes terminemos mejor.- Me contestó dejando claras sus ganas de volver a nuestro refugio.

 

Apenas había dado dos pasos hacia mí cuando golpeó  algún tipo de recipiente de vidrio, el cuál se precipitó al suelo rompiéndose en pedazos y dándonos un susto de muerte. Le fulminé con la mirada.

 

-Joder tío, no pasa nada…- Comenzó a disculparse- … aquí no hay nadie. – Y al tiempo que terminaba de pronunciar aquellas palabras, en el piso de arriba se escuchó un ruido metálico, como si se hubieran caído media docena de sartenes al suelo.

 

Nos quedamos lívidos. No podía verle el tono de la piel con claridad, pero juraría que en aquel momento, había un rostro pálido y asustado bajo la barba desastrada de cinco días sin afeitar. Me llevé la mano al bolsillo trasero del pantalón y saqué  el cuchillo mientras me pegaba a la pared como una sombra.

 

No escuchamos pasos, ni gritos ni los aullidos característicos de esas cosas ni ningún signo de movimiento. “Probablemente sólo sea un gato” dijo Capo en tono tranquilizador. Por un momento se me pasó por la cabeza la idea de salir pitando de aquella casa desconocida, pero la deseché con rapidez, no nos habíamos jugado el culo para volver con las manos vacías.

 

La idea era bajar y coger todo lo que pudiéramos y salir de allí en pocos minutos. Con el corazón desbocado seguí a Capoira hacia el pasillo. Al parecer las persianas de todas las habitaciones estaban  bajadas y por ninguna de ellas entraba casi luz. Llegamos a la escalera conteniendo la respiración, si había algo arriba estaba subiendo esos escalones.

 

Bajamos las escaleras bajo la atenta mirada de las decenas de fotografías que colgaban de las paredes, todo estaba quieto, silencioso, sólo se escuchaban nuestros pasos amortiguados por las suelas de goma de las deportivas y algún que otro crujido de cristales que nos ponía la piel de gallina. De vez en cuando mirábamos hacia arriba inquietos.

 

Al llegar abajo había más luz y además se percibía cierto olor desagradable, pero no le dimos importancia. A mano izquierda vimos una puerta de aluminio blanco acristalada, tenía toda la pinta de separar las dependencias del negocia del resto de la casa. Entramos y llegamos a lo que parecía el pequeño almacén de la farmacia. Cuatro estanterías de aluminio llenas de frascos y cajas, pañales y tarros con etiquetas.

 

Sin subir mucho el tono de voz le dije a Capo que lo primero era comprobar la estancia. En el pequeño almacén saltaba a la vista que no había nada extraño, pero por la pared de enfrente se abría un nuevo pasillo. Nos dirigimos hacia él y tras recorrerlo llegamos al mostrador de la tienda, dónde hacía apenas unos días alguien despachaba aspirinas y analgésicos con total normalidad. Delante de nosotros estaba la ventana enrejada por la que habíamos trepado al primer piso. La puerta estaba cerrada a cal y canto y no había nada sospechoso, así que nos pusimos a buscar antibióticos y demás elementos de la lista.

 

Cargamos la mochila con varias cajas de pastillas, alcohol, vendas, vitaminas y cereales para niños. Procuramos deshacernos de los envases para ahorrar espacio y cargar sólo con lo imprescindible y así, en pocos minutos, tuvimos la mochila y los bolsillos llenos. Durante un instante miré a la caja registradora, íbamos a irnos sin pagar, pero no creo que al dueño le importara demasiado.

 

 

La primera parte del plan estaba cumplida, ahora tocaba regresar con el botín, pero ahora no teníamos tanta suerte como al llegar. Desde la ventana enrejada se veía un par de infectados deambulando sin rumbo por las cercanías. Demasiado arriesgado para salir en ése momento. Capo sugirió seguir explorando el piso para ver si había alguna otra salida, de modo que nos encaminamos de nuevo hacia la escalera para recorrer la otra parte de la casa, no sin antes echar mano a unos bastones de madera que habían en un expositor para la venta, cogimos los más grandes.

 

Con nuestras nuevas armas en la mano salimos de las dependencias de la farmacia. El olor desagradable volvió a inundarme la pituitaria. Descubrimos una cocina casi vacía y un salón con restos de comida en mal estado, desde luego la casa era grande, tres alturas, vivienda y negocio en el mismo edificio. Ahora el olor era más intenso, más penetrante.

 

Seguimos caminando y llegamos al garaje. Era el típico garaje familiar, con el espacio justo para guardar un coche, la lavadora, una escalera y algún que otro trasto más. Pero ahora no había coche alguno, en su lugar había aparcada una preciosa Harley Davison negra, con un largo asiento de cuero y flecos colgando a ambos lados del manillar, una preciosidad, lástima que no pudiéramos arrancarla y desaparecer para siempre.

 

Pero no todo eran malas noticias, como es natural el garaje sí que tenía acceso al exterior, de modo que abrimos con cuidado la puerta que daba a la calle y nos asomamos. Debía ser la calle paralela  a la que habíamos tomado para llegar, así que la casa de Joan estaba hacia la izquierda. Como no había infectados a la vista decidimos que era una buena oportunidad para volver escurriéndonos entre los coches y portales.

 

Respiramos hondo y salimos al exterior dejando la puerta del garaje entornada por si necesitábamos volver con rapidez. Ésta vez yo iba delante, caminando encorvado con la mochila en la espalda y el bastón de madera agarrado con fuerza en la mano izquierda. Estábamos cerca de la casa de Joan, en condiciones normales habría sido un paseo de menos de dos minutos, pero ahora que avanzábamos de escondrijo en escondrijo el camino se me hacía largo y la sensación de vulnerabilidad me oprimía la boca del estómago.

 

Todo iba bien hasta que dos de esas cosas salieron del interior de un bar. Eran Dos hombres, uno calvo y  más viejo y el otro alto y vestido con traje militar, ambos manchados de sangre reseca. Nos agachamos detrás de la furgoneta mirándonos con preocupación. Capo se asomó por un lateral y al girarse me señaló con urgencia los bajos del vehículo, venían hacia nosotros.

 

Con el corazón desbocado me tumbé y traté de colarme debajo de la furgoneta   mientras me sacudía como un pez para quitarme la mochila y poder entrar. No tuve tiempo ni de sacar la mano para meter la mochila conmigo, unas botas militares llenas de barro y unos zapatos sucios daban ya pasos justo por donde estábamos  acuclillados diez segundos atrás. Su respiración silbante y un ruido de pies arrastrándose, sin alejarse demasiado de la furgoneta, eran nuestra ahora nuestra compañía. Joder era como si supieran que estábamos allí.

 

Temblando y paralizado de terror miré a mi amigo y Capo me devolvió la mirada con expresión petrificada, la misma cara que ponía yo bajo los dos mil kilos de metal que nos ocultaban de aquella pareja de criaturas, que de algún extraño modo sabían que había algo apetitoso cerca.

 

ENTRADA 44: A hurtadillas.

ENTRADA 44: A hurtadillas.

 

-Repasemos el plan.- Le dije de nuevo a Capoira para asegurarnos de que estaba todo claro.

 

-No hay mucho que repasar… -me contestó cansado al tratarse de la tercera vez que repetíamos el recorrido.

 

-Nos jugamos el culo ahí afuera, tiene que estar todo bien claro.-Insistí- A ver, salimos y nos agachamos en el coche rojo, desde ahí iremos de uno en uno y de coche en coche hasta la esquina y si no hay cosas de esas la farmacia estaba nada más girar ¿no?- Tras confirmarme Joan por tercera vez que la farmacia seguía estando al girar la esquina seguí hablando-  Tu subirás primero por la reja de la ventana y desde arriba pasarás al balcón, luego subiré yo.

 

Hablando claramente, estoy acojonado. Joan decía que la farmacia seguía en pie porque desde la primera planta se veía la chimenea, emergiendo por encima de los tejados, pero aún sabiendo que probablemente nuestro objetivo no era un montón de escombros, no me hacía mucha gracia salir ahí afuera sin más armas que un diminuto cuchillo de cocina.

 

Llevo una mochila con la botella de agua y un paquete de galletas, por si acaso surge algún imprevisto, el walkie de Joan apagado en el bolsillo izquierdo de mis sucios pantalones vaqueros y el cuchillo en la mano derecha cuyo mango aprieto con fuerza.

 

Si todo sale bien volveríamos de la farmacia con antibióticos para un regimiento y otro montón de medicinas de uso frecuente que llevaba en una lista. Recé para que al llegar la chimenea no fuera lo único que quedaba en pie, y sobretodo para no encontrarnos con ningún infectado de camino.

 

Ya está. Estamos listos. Joan dice que no hay moros en la costa. Miro a Capoira y le descubro tan nervioso como yo. Desde el sótano aparece Mireia (por fin recuerdo el nombre de la gordita) y dice que Coletilla sigue sin mostrar mejoría. Trago saliva y me imagino la cara de mi amigo para reunir todo el valor que necesito para cruzar la puerta.

 

-Bueno Capo… ¡asaltemos esa farmacia! – Exclamo intentando animar un poco el ambiente, aunque con poco éxito y aún menos convencimiento propio.

 

Las chicas y Joan nos miran con tristeza. Joder no me gusta un pelo esta sensación, me da mala espina. Me dispongo a salir y Capo pone la mano en la cerradura.

 

-¡Espera!-  Justo antes de accionar la manivela Estela se adelanta, me estira de la mano y me besa. El corazón me late aún más deprisa. En este momento vendería mi alma al diablo con tal de no tener que separarme de ella.  Al apartar  los labios susurra algo que no llego a entender, quiero abrazarla y decirle que todo va a salir bien, pero tengo que salir ya o perderé la determinación para hacerlo.

 

-No tardéis en volver muchachos, ¡y traed todo lo que pueda ser de utilidad!, ¡si necesitáis algo usad el walkie!- Escucho decir a Joan mientras la puerta se cierra dejándonos en la calle. En la peligrosa, expuesta y desnuda calle.

 

Giro la cabeza de izquierda a derecha y descubro al final de la calle dos figuras tambaleantes. Menos mal que no nos han visto, y que además ésa no es nuestra dirección. Tras el primer vistazo corremos hacia el coche rojo y nos agachamos sin hacer el menor ruido.

 

Capo se asoma y al no ver peligro corre de nuevo hacia el siguiente coche, yo le sigo mientras me giro para confirmar que los dos infectados que veo a lo lejos siguen igual de tranquilos e inmóviles que antes. Al llegar a un Ford negro vuelvo a agacharme. Estamos un poco más cerca.

 

Los edificios de alrededor son casas típicas de pueblo, algunas viejas y otras más arregladas. Esta zona parece poco castigada por el bombardeo, la mayoría de edificios conservan su tejado, incluso algunos tienen cristales. Por encima de los tejados de enfrente veo la torre de la iglesia semiderruida.

 

Capo sale hacia el siguiente punto de cobertura, mientras él llega yo paso el dedo por la puerta del coche y trazo un línea en la capa de polvo que tiene depositado encima, sin duda fruto de las explosiones. Mi amigo me hace la señal y corro de nuevo.

 

El último coche está cerca de la esquina, paramos para comprobar que todo sigue despejado y enseguida sale Capo para echar un vistazo a la nueva calle. Se pega a la pared y se asoma. Al momento vuelve y me dice que no hay más coches en los que refugiarse y que ha visto varios infectados cerca, pero añade que la farmacia está a unos pocos metros y que parece fácil de escalar.

 

Visto la situación decidimos seguir adelante con sigilo y  tratar de llegar sin que se den cuenta de nuestra presencia. Voy con él hasta la esquina y confirmo lo que me había dicho, asiento con la cabeza y Capo corre hacia la ventana como habíamos acordado.

 

El tiempo pasa jodidamente despacio. Acaba de llegar y mientras pone los pies en los barrotes yo me giro a todos los lados como un poseso, imaginándome que un cuerpo ensangrentado me muerde al primer despiste. Ahora sé cómo se siente un ratón cuando corretea por el bosque. Indefenso.

 

Capo ha llegado a lo más alto de la verja y está cruzando ya al balcón. De pronto escucho el ruido de una lata y al girarme hacia donde veníamos descubro a una veintena de metros a un hombre barbudo, con camisa a cuadros y que parece mirar hacia uno y otro lado. Pero es la sangre reseca y su mandíbula desencajada las que me obligan a agacharme a toda velocidad. Espero que no me haya visto.

 

Vuelo a asomarme y Capo me hace señas desde el balcón. Miro atrás y veo como el barbudo comienza a andar hacia mí, el coche que tiene delante le impide verme agachado, pero entre los cristales le veo acercarse poco a poco, como si supiera que hay algo interesante al alcance de sus sucias manos.

 

Respiro hondo y, sin levantarme, giro la esquina para ponerme fuera de su vista, una vez al otro lado corro hacia la ventana. Qué momento más agónico. Veo a Capoira desde el balcón moviendo la mano rápidamente  para que me apresure y mientras yo recorro los metros a toda velocidad, no se si seguimos sin haber sido descubiertos o si me persiguen una decena de alimañas con la boca abierta y los brazos extendidos. Deseo girarme y ver si me siguen, pero hasta que no esté arriba no pienso perder un segundo.

 

Llego a la ventana, agarro los hierros y comienzo a subir. En cualquier otro momento me habría parecido fácil, pero con el corazón a punto de explotar y la adrenalina retumbando por cada rincón de mi cuerpo no acertaba ni a colocar los pies en su sitio. Afortunadamente no tuve ningún traspié patoso y al llegar a lo más alto de la reja no tuve más que extender el brazo para agarrarme a la barandilla metálica del balcón.

 

Con la ayuda de Capo, y procurando no cortarme con los cristales, me cuelo en el balcón de la farmacia y por fin miro atrás. Ningún infectado me perseguía, pero creo que aunque lo hubiera hecho no habría podido atraparme. La puerta del balcón estaba cerrada, pero los cristales estaban hechos añicos, no supondrían ningún obstáculo para dos ladronzuelos escurridizos como nosotros.

ENTRADA 43: Pandemia.

ENTRADA 43: Pandemia.

 

Sentado en la silla Joan se rascaba la barbilla mientras pensaba en cómo empezar su relato. Impacientes le mirábamos desde nuestros asientos, alrededor de la mesa poblada de restos de comida.

 

- Lo último que vi en la televisión, antes de que se cortara la electricidad, eran imágenes de varias de las ciudades más importantes del mundo siendo evacuadas.

 

Según lo que nos contó nuestro anfitrión, se habían desatado focos de infección en varios aeropuertos europeos y asiáticos. Las autoridades estaban avisadas de que algo ocurría en España, pero nadie conocía las posibilidades reales de expansión de la infección.

 

-¿Pero cómo es posible que permitieran a los infectados llegar  a ningún sitio? ¿Acaso no les reconocían? ¿Cómo iban a dejarles subir a los aviones?- Preguntó Capo sorprendido ante la aparente proliferación sin oposición alguna.

 

-No. Parece ser que hay un grupo sanguíneo que tarda horas e incluso días en manifestar la infección. Simplemente no pudieron predecirlo. Benidorm es una ciudad turística que cada año atrae a miles de personas de muchas nacionalidades. Tras el incidente hubo contagiados que regresaron a sus lugares de origen por avión, carretera e incluso por barco.- Explicó Joan mientras escuchábamos cada una de sus palabras.-Es un tipo de sangre muy escaso… cero negativo creo que dijeron.

 

-Sí, sólo un due per cento de la población lo tiene. – Intervino Estela sorprendiéndonos con el dato. Supongo que lo conocía por sus estudios de farmacia.

 

-¡Por eso nadie sabía que estaban infectados!, porque la inmensa mayoría se transforma en pocos segundos, ¡pero algunos pueden ocultarlo durante horas o incluso días!- Exclamó Joan entre excitado y furioso.

 

-¿Pero ahora que lo saben estarán investigando algún tipo de cura no?- Le pregunté buscando una respuesta optimista, mientras mi mano buscaba temblorosa el vaso con agua.

 

-No tengo ni idea. A los tres días anunciaron una cumbre de líderes mundiales en la que se suponía que iban a adoptar las medidas necesarias, coordinar científicos, ejército, médicos, evacuaciones… mientras la burocracia se ponía en marcha la infección afloró de golpe en los cinco continentes. Demasiado rápido para reaccionar.

 

Nos contó que las televisiones dejaron de emitir en apenas un par de días, apagándose de una en una como luces de un edificio cuando la gente duerme. La radio decía que lo que quedaba del gobierno se había refugiado en un lugar seguro, daba consejos a los supervivientes y también informaba de los puntos en los que estarían a salvo.

 

 

Cada vez la lista de lugares seguros era más reducida. Las principales ciudades del país se habían convertido en un campo de batalla. Primero disturbios, luego saqueadores que aprovechaban la situación, al final llegaban esas cosas y después el silencio. Sólo silencio.

 

En el exterior la situación era prácticamente igual. Nadie enviaba tropas a España porque media Europa tenía los mismos incidentes en sus calles. Estados Unidos había ordenado la evacuación total de las ciudades de la costa este y en medio del preparativo un brote repentino sembró el caos. En sur América, Japón e incluso Australia pasaba lo mismo.

 

-Ayer me quedé sin pilas y no he podido volver a escuchar la radio.- Dijo Joan cabizbajo.

 

No podía ser verdad. Este infierno que vivíamos se había extendido por cada rincón habitado del globo. No podía estar causado por un simple accidente de avión como pensábamos al principio. No me cuadraba, esto era demasiado grande, demasiado fulgurante. El fin del mundo había llegado mientras nosotros pensábamos que la caballería vendría a rescatarnos a nuestro refugio. De repente, las caras de mis seres queridos se dibujaron ensangrentadas una detrás de otra, ya no cabía ninguna esperanza.

 

-Pero aún hay ejército. Hace pocas horas que bombardearon todo esto. Aún hay gente que lucha y alguien que los coordina. – Intervino Capoira poniéndose de pie bruscamente, enfadado.

 

Nadie le respondió. Alguien debería quedar, pero después de lo que habíamos escuchado la pregunta era: ¿por cuánto tiempo?


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ENTRADA 42: Malas noticias.

ENTRADA 42: Malas noticias.

 

Avanzamos por el túnel con la única luz de la linterna. El pasadizo es aún más estrecho de lo que me había imagina en un principio, es agobiante, como si los muros quisieran juntarse y exprimirnos en medio. Afortunadamente Joan dice que ya estamos cerca.

 

Por fin. Después de un par de tropezones y con la respiración cada vez más acelerada hemos llegado a su sótano. Es mucho más pequeño que el de la iglesia, sólo una habitación con trastos viejos, pero lo mejor de todo es el pequeño ventanuco que dejar pasar los rallos de sol. Por fin luz. Pienso mientras camino hacia la pequeña abertura.

 

-Ayúdanos con Coletilla tío. – Me dice Capo a la vez que ayuda a Joan a subir por las escaleras. Inmediatamente pospongo mi deseo de asomarme por la ventana y corro a ayudar a mis amigos.

 

Una vez estamos los seis en el sótanos de Joan éste cierra la trampilla de acceso y nos dice que esperemos mientras comprueba que en el piso superior no hay ningún imprevisto.

 

Miro a Coletilla tendido en el suelo. Está muy mal. Creo que inconsciente, o sumergido en algún extraño sueño delirante. Me acerco y le aparto el sudor de la frente con la mano. Maldita sea, espero que tenga antibióticos.

 

Miro a Estela y asiento con la cabeza, como intentando decirle que todo va  a salir bien. Supongo que ha captado el mensaje porque me ha respondido con una leve sonrisa. Lo cierto es que no tengo muchas esperanzas, ni para Coletilla ni para el resto.

 

Súbitamente un portazo nos hace dar un respingo a todos. Sólo es Joan, dice que está todo despejado y trae una botella de agua en una mano y una caja de pastillas en la otra. Se acerca a Coletilla y con delicadeza lo incorpora, abre la caja y le da una de las cuatro pastillas.

 

Mi amigo parece hacer un esfuerzo sobrehumano por tragarlas, como si supiera que su vida depende del medicamento. Al final tras toser y tirar la mitad del agua consigue tragarla.

 

Joan le ha dado Clamoxil, un antibiótico bastante potente que según él podría hacer remitir la infección. Ahora bien tenemos otros dos problemas gordos. El primero es ocuparnos de la fractura y los cortes. Si no le ponemos la pierna en su sitio y le desinfectamos las heridas de poco servirán los antibióticos.

 

El segundo de los problemas es que necesitamos antibióticos para seguir con el tratamiento al menos cinco  o seis días, además de comida y agua. No se que reservas tendrá Joan en su despensa, pero parece que sólo quedan tres pastillas de antibiótico. Tengo que hablar con él.

 

 

 

 

Estamos en la planta baja. Es una casa vieja, típica de pueblo pero muy bien conservada. Debió ser muy acogedora antes de que el ataque aéreo hiciera añicos los cristales y de media casa y derribara las figuras de las estanterías y los cuadros de las paredes.

 

El hombre sigue enseñándome la casa mientras me intenta tranquilizar diciendo que aún tiene comida para varios días porque estaba esperando que llegaran sus nietos a pasar las vacaciones. La planta baja no está muy dañada, pero al asomarnos al piso superior vemos que el tejado ha desaparecido, arrancado de cuajo. Nos miramos el uno al otro y decidimos volver por donde hemos venido.

 

Mientras le escucho mi mirada se detiene en una fotografía tirada en el pasillo. Es Joan y está abrazando a dos niños pequeños, el de la izquierda tiene el pelo muy negro y peinado hacia abajo, el de la derecha no se ve bien del todo debido a las numerosas grietas del cristal, aún así  parece algo más pequeño. Lo que se ve claramente es que los tres sonríen felices.

 

-Tienes razón con lo de la pierna, ahora hay que limpiarle la herida y tal vez consiga entablillársela. – Me dice mientras volvemos al sótano donde los demás cuidan de Coletilla.

 

Una vez abajo nos manda a por tela y maderas mientras él va en busca del alcohol. Nos ponemos manos a la obra y en cuestión de minutos tenemos preparado nuestro rudimentario botiquín. Joan ha vuelto con un par de antiinflamatorios y analgésicos, así que vuelve a tomarse su tiempo y se los hace tragar a Coletilla.

 

Después nos manda sujetarlo y como si fuera algo que hace a menudo, coge la pierna fracturada y, tanteando hace encajar las dos partes. Los gritos de dolor me ponen la carne de gallina. El crujido de los huesos y la carne moviéndose debajo hace que me entren arcadas, así que desvío la mirada y sigo sujetando a mi amigo, que se retuerce aún con los ojos medio en blanco. Al terminar se la entablilla con unas varillas de madera de lo que fue una silla y se las ata con un trozo de cortina. Coletilla se queda dormido, tal vez por el efecto de las pastillas o rendido tras tanto sufrimiento.

 

Subimos para no molestar a nuestro amigo mientras descansa y Joan se apresura a sacar algo de comer para darnos la bienvenida. Mientras saca algo de pan duro y fruta  me asomo por la ventana enrejada que hay junto a la puerta principal. No hay mucho campo de visión, sólo las casas de enfrente afectadas por el bombardeo y algunos coches cubiertos de escombros y polvo.

 

-Ahora sólo falta esperar a que lleguen a rescatarnos.- Dice la amiga de Estela con la mirada perdida.

 

-¿Qué vengan a rescatarnos?- Ya tienen bastantes problemas como para poder venir a ayudar.- Contesta Joan abatido.

 

-Creo que se refería a ayuda internacional, a los países europeos, América… -Interviene Capo añadiendo países a la lista.

 

-Pues eso digo chicos, que no va a venir nadie. Bastante tienen ya en sus tierras.

 

Y al ver que poníamos cara de no estar informados comenzó a relatarnos lo que escuchó en las últimas transmisiones de radio antes del bombardeo.